El pasado lunes 28 de Febrero amanecimos con la noticia en los medios de comunicación:  6 varones abusaron sexualmente de una mujer de 20 años en el barrio de Palermo, Capital Federal. Mientras dos de ellos hacían de “campana”, otros 4 la violaron en el interior de un auto, sin que ella pudiera defenderse hasta que personas que se encontraban en ese momento pudieron auxiliarla. La panadera del barrio fue quien decidió acercarse, denunciar y poner fin a la situación de violencia.

La bronca y la estocada

Las vecinas denuncian que la policía demoró demasiado en llegar desde el primer llamado alertando la situación. Los medios hegemónicos de comunicación difundieron imágenes con las caras tapadas de Ángel Pascual Ramos, Tomás Domínguez, Lautaro Pasotti, Ignacio Retondo, Alexis Cuzzoni y Franco Lykan, los violadores.

Sin embargo, no tuvieron reparo en alimentar el morbo difundiendo videos sobre el hecho, ni en referirse a la mujer como “la chica violada”. Violada. El estigma que nos queda a las mujeres y disidencias cuando sufrimos violencia sexual, que es violencia patriarcal. No importa quién seas, no importa lo que hagas, mientras ellos son “la manada” de machos, la “banda”. Las mujeres y disidencias, quienes logramos sobrevivir, somos esa palabra, somos individualizadas y señaladas de esa manera. Se hace sustantivo de nosotras, somos ahora víctimas antes que nada, pero también somos un poco culpables de lo que nos pasó.

Ellos, para el discurso hegemónico que reproduce y naturaliza la cultura patriarcal, son los “locos sueltos”, son “bestias” y como tales sus actos son ajenos a la humanidad.

Pero no son nada de eso, son tipos comunes y corrientes, tienen nombre y apellido, transitan por las mismas calles que cualquiera, hacen lo mismo que un montón de gente. Son hijos de esta sociedad, son hijos del patriarcado. Nada debería justificar el daño que le hicieron a una persona, pero en un mundo en el que se somete a las mujeres por el hecho de serlo, que se nos asesina, que se nos violenta todos los días con total impunidad, estas cosas suceden y muy a menudo se justifican de manera directa o indirecta. En nuestra sociedad los varones hetero-cis son los únicos que tienen permitida la libertad sexual, entendiéndola como la posibilidad de disponer, utilizar y si se quiere destruir el cuerpo de otra persona.

Y en esta cadena, la justicia machista ampara y sostiene aún hoy calificaciones como “desahogo” para justificar la violencia patriarcal.

En una sociedad en la que las mujeres y disidencias somos perseguidas por ser quienes somos, por nuestra sexualidad, por nuestra identidad de género, clase social y racialización, estas injusticias pelean para ser aceptadas como parte de la normalidad. A pesar de ello en esta lucha hemos tenido avances, hemos tenido quienes han decidido dejar de mirar para un costado. Pero aun así no alcanza.

La respuesta es siempre colectiva

Luego de que se hicieran públicos estos hechos aberrantes que tanto nos llenan de bronca, tuvimos que ver las redes nuevamente llenas de contenido misógino que nos convoca al silencio, al apaciguamiento por un lado, y por otro a los feminismos reproduciendo la información para tejer las redes colectivas en las que confiamos como respuesta.

Sin embargo, el Estado no fue prácticamente mencionado. Estado que es responsable y garante de la violencia patriarcal sobre nuestros cuerpos y sobre nuestras vidas. Debate tras debate se reconoce al abuso sexual, a la complicidad masculina, los femicidios y los femicidas como un problema social, histórico, situado política y económicamente, pero sin embargo se llega a la conclusión de una respuesta individual y privada para un problema que es colectivo.

No serán los varones hetero cis en su fuero interno los que en privado resuelvan su machismo y pongan fin al patriarcado. No serán ni deben serlo.

Para que la sociedad entera debata qué tipo de varones engendra, para que cada varón discuta qué masculinidad quiere construir, para que cada persona sea libre de elegir el modelo de feminidad que quiera, es indispensable que el Estado (al igual que los varones) rompa con el pacto de complicidad y se responsabilice de poner sobre la mesa los hilos que hacen a la perpetuación de este sistema aberrante que nos hiere y nos lastima.

En lo que va del año ya van más de 58 femicidios y 74 mujeres desaparecidas. Al respecto el gobierno en ninguno de sus niveles ha anunciado ningún tipo de política o proyecto para poner límite a estos números escalofriantes, y aunque han ofrecido programas para dar respuesta a la violencia (no así para ser prevenida) en su mayoría son desfinanciados, fortalecen la mirada de la mujer como persona sujeta a los cuidados, y no ponen el ojo jamás en los varones violentos.

La ESI como herramienta es una ley escueta, que queda en palabras y en papel inerte sino se pone como meta seria del Estado el debate sobre la sexualidad, la identidad y las violencias desde la primera infancia y en todos los órdenes de la vida.

Lejos de esto en los últimos años en nuestro país se ha reforzado el papel de la Iglesia en las escuelas y en los barrios, las familias adineradas con vínculo cristiano han fortalecido su influencia conservadora en los círculos de élite y en la reacción de algunos grupos organizados. La masculinidad de la sociedad cristiana se afirma, cada vez más, como intocable.

Hace más de un año los feminismos conquistamos en la calle no sólo la ley de interrupción voluntaria del embarazo, sino también la conciencia de que todo aquello que este sistema capitalista patriarcal y colonial quiere que quede en el ámbito privado debe ser llevado a la esfera pública y con ello señalar a los responsables de poner fin a las violencias machistas y violaciones de derechos humanos.

Por esto es y seguirá siendo tan importante la organización revolucionaria y feminista, para transformar este mundo. Para no tener miedo, para que no tengan más impunidad, para que no tengan la comodidad de nuestro silencio nunca más.

EXIGIMOS JUSTICIA

NO ESTAMOS SOLAS

ESTAMOS ORGANIZADAS