por José

¿Se acuerdan cuando Patricia Bullrich dijo que cada quien era libre de portar armas? ¿O cuando habló sobre la RAM diciendo cualquier cosa sin que nadie se inmute? ¿Y cuando apareció en los medios con un llamativo peinado que se convirtió en meme en solo segundos? O peor aún, ¿Cuándo en plena pandemia se pasea sin barbijo de acá para allá y nadie la discute?

Pues Patricia goza de la impunidad llamada Santiago Maldonado. Patricia sabe que tras la escandalosa causa por la muerte de Santiago (en la cual ni siquiera fue investigada a pesar de ser quien dio la orden para allanar ilegalmente el predio donde finalmente fuera encontrado el cuerpo sin vida del joven artesano) ya nadie ni nada será un obstáculo para hacer o decir lo que quiera, desde lo más risueño hasta lo más trágico. Su nombre lleva el sello de impunidad y ella lo luce con orgullo.

Pues entonces ¿por qué Berni no podría pasearse peligrosamente en helicóptero, mostrarse armado en un operativo de película o decir cualquier barbaridad en los medios de comunicación? El ministro de Kicillof tomó nota y aprendió de la ministra de Macri: se dio cuenta que muy pocos se preguntan por Facundo Castro, que casi nadie se alteró por su encubrimiento del asesinato del joven de 23 años que había desaparecido tras ser visto por última vez en un retén policial y apareció muerto días después en un cangrejal. Berni lleva el sello de la impunidad con orgullo y lo luce con mayor hidalguía cuando se enciende una cámara.

Pero ni ella ni él están locos, ni son histriónicos, y mucho menos graciosos. Son producto de la impunidad del poder, del apañamiento de sus jefes, de la complicidad de la justicia, del silencio o la amistad de los medios de comunicación y de la justificación de sus militantes.

Ni Berni ni Bulrich están desequilibrados, pero si no hacemos algo pronto, vamos a terminar todos presos de su juego del Calamar.