Un 30 de diciembre pero de 1918 la Liga Espartaco, ala izquierda de la socialdemocracia alemana, tomaba el nombre de Partido Comunista Alemán y se separaba, así, del Partido Socialdemócrata Independiente. Una semana más tarde, estalló un levantamiento espontáneo y minoritario, no planificado pero al que se sumaron los comunistas, cuya brutal represión a manos del gobierno socialdemócrata de Friedrich Ebert dio fin a la revolución de noviembre, agravando aún más la época de inestabilidad que se vivía en Alemania, con movimientos revolucionarios y reaccionarios por lo menos hasta 1923. Este texto se propone ser un pequeño balance de dicha experiencia.

Hacia junio de 1914 estalla la Primera Guerra Mundial cuyas causas, más allá del detonante que supuso el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, se encuentran en el imperialismo europeo. Este halla su motivo en la economía debido a que, como consecuencia de la revolución industrial, el nivel de producción aumenta, los bajos salarios hacen que el proletariado no pueda absorber el excedente de productos y el intercambio con la economía rural tampoco es suficiente. Sumado a la tendencia a la caída de la tasa de ganancia a medida que el capital se concentra y crece la competencia entre capitalistas, las ganancias en el mercado interno se reducen.

Todo esto obliga a intentar insertar el excedente productivo a nivel internacional, concretamente en los países menos desarrollados. De esta manera, se desarrolla el mercado internacional que ofrece oportunidades de inversión más atractivas, y los consiguientes intentos por dominarlo llevan a enfrentamientos y guerras, tanto con las regiones subdesarrolladas que se quieren dominar/abrir al comercio como con otras potencias imperiales por la hegemonía en dichas regiones.

Hechos como el protectorado francés en Túnez, la ocupación británica de Egipto y el reparto de África entre los imperios europeos se explican en dichas circunstancias, viéndose los mismos impulsados a la conquista de nuevos territorios. Esta carrera por la dominación intensifica las rivalidades inter estatales, surgiendo de esta forma un sistema de alianzas entre las cuales existían, por un lado, la triple alianza entre Alemania, Austria-Hungría e Italia y por el otro la entente entre Francia, El Imperio Ruso y Reino  Unido. Así, con la formación del Imperio alemán, Alemania inicia una carrera armamentística con Gran Bretaña que se extenderá a todo el continente, llevando el gasto militar europeo a incrementarse en un 50% entre 1908 y 1913.

Dentro de Europa las condiciones de vida del proletariado industrial, sumamente paupérrimas, impulsaron a la formación del movimiento obrero que ya en décadas anteriores (1870) formó la Primera Internacional, que tras la separación entre anarquistas y socialistas, dio paso a la Segunda Internacional, cuya táctica de organización política además de la lucha sindical, probó ser sumamente exitosa, llevando a la creación de Partidos Socialistas por todo el mundo. En estos partidos convivían tanto corrientes revolucionarias como reformistas pero todas coincidían, en teoría, con los principios internacionalistas y con una aceptación de que era necesario superar el capitalismo, difiriendo sólo en los métodos. En este marco, el más grande de todos, tanto en número como en el nivel de sus cuadros, y tenido como un ejemplo del movimiento, fue el Partido Socialdemócrata alemán.

Al estallar la guerra las direcciones de la Segunda Internacional, en su amplia mayoría reformistas, abandonarían los principios internacionalistas pasando a apoyar los movimientos de guerra de sus respectivos países, y a justificar el nacionalismo, avivando este sentimiento en las masas trabajadoras. Esto se dio en contradicción lo que los principios socialistas dictaban e incluso entrando en contradicción contra su propia caracterización de la guerra como un conflicto inter-imperialista.

Esta traición a los principios internacionalistas junto con la creciente diferenciación de las corrientes revolucionarias (marxistas) y las reformistas (que, de la mano del aumento de los cargos públicos ganados, cada vez se iban adaptando más al sistema, abandonando primero postulados teóricos y finalmente la meta de la construcción de una sociedad socialista que superara el capitalismo) fueron alimentando una ruptura que tras la revolución de octubre que dio el ejemplo del primer gobierno obrero se haría inevitable.

En el caso alemán Karl Liebknetch, miembro de la izquierda del Partido Socialdemócrata y representante en el Parlamento, ya desde Octubre de 1913 venía denunciando los preparativos bélicos. Sin embargo, en la sesión de Agosto fue el único de los 110 parlamentarixs socialistas que se abstuvo de votar a favor de los créditos de guerra, y en diciembre fue más allá votando contra los mismos. Así, alrededor de su figura se fue nucleando un grupo de intelectuales, militantes y miembros del Partido contrarios a la guerra, como Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Paul Levi, entre otrxs, todxs miembros de la izquierda del Partido, adoptando el nombre de Liga Espartaco.

Además, especialmente en el caso de Luxemburgo, ya venían llevando una lucha contra las tendencias oportunistas/reformistas encarnadas a nivel teórico por Eduard Bernstein que proponía una mentirosa “revisión de la teoría marxista” según la cual era posible llegar al socialismo solamente por las elecciones. Esto lo desmentiría Luxemburgo desenmascarando el abandono teórico/metodológico de Bernstein con su conocida obra “Reforma o revolución”.

En 1915 se separa, por rechazo a la política militarista del Partido un primer grupo formando el Partido Socialista Internacional Alemán, un grupo dirigido por Anton Pannekoek, Karl Radek, Otto Rühle y Paul Frölich, de tendencia ultra izquierdista, que será precursor del consejismo y otro de los grupos fundacionales del Partido Comunista Alemán.

La Liga Espartaco seguiría organizándose dentro del SPD como un grupo de oposición interna, organizando varias marchas y huelgas en contra de la guerra. A finales de 1915, otro grupo de 20 parlamentarixs socialdemócratas votan contra los créditos de guerra, siendo expulsadxs del Partido por indisciplina a comienzos de 1916. Al mismo tiempo Luxemburgo y Liebknetch son arrestadxs por sus actividades anti-bélicas. Estxs parlamentarixs, comandadxs por Hugo Haase, formarán un bloque nuevo en el Parlamento lo que acrecentará las tensiones con el Partido, llevando a inicios de 1917 a la creación del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, al cual ingresa la Liga Espartaco, también como ala izquierda, sin renunciar a su autonomía como grupo.

Lxs socialdemócratas independientes (USPD) forman un partido con profundas contradicciones internas: la dirección intentaba un “centrismo” entre el reformismo del SPD y las tendencias revolucionarias de la Liga Espartaco y otros miembrxs de la izquierda socialista ensayando un marxismo formal, basado en gran parte en la teoría de Kaustky. Albergan, así, tanto a socialistas anti-guerra a la izquierda del SPD como a su derecha, como ejemplo tanto Bernstein como Rosa Luxemburgo forman parte del nuevo partido.

Estas contradicciones se agravarán aún más con el triunfo de la Revolución Bolchevique en Rusia que, además, junto con la insoportable situación económica, las atrocidades de la guerra y la ya segura derrota alemana, son la chispa que enciende la revolución en Alemania.

En noviembre de 1918, un alzamiento de marinerxs en Kiel y las huelgas de lxs delegadxs revolucionarixs (agrupación de sindicalistas que rechazaban las direcciones mayoritarias del SPD) extienden la insurrección por todo el imperio. Se forman milicias y las guarniciones del Ejército se unen a la revolución: la monarquía de los Hoherzollern es derrocada.

La situación es tan volátil que, contradictoriamente, Liebknetch en un discurso desde el balcón del Palacio Real de Berlín declara a Alemania una «República Socialista libre» mientras que Phillipp Scheidemann del SPD declara una República Parlamentaria liberal. Se forman consejos de obrerxs y soldadxs con mayoría de lxs delegadxs revolucionarixs y formalmente Richard Müller, líder de lxs delegadxs, asume la presidencia del Consejo Ejecutivo de los mismos. Esto lo convierte, en teoría, en Jefe de Estado pero mediante errores tácticos de su faccion, circunstancias coyunturales y hábiles maniobras conspirativas organizadas por Ebert, el SPD logra cooptar los Consejos, establecer un Parlamento paralelo y hacerse con el gobierno.

La Liga Espartaco confiada de poder ganar la conducción de lxs socialistas independientes empieza a llamar a un congreso extraordinario, en parte apoyados por lxs delegadxs revolucionarixs, que si bien eran un grupo aparte, también estaban dentro del ala izquierda del nuevo Partido. Pero la dirección de Haase se opone y en un discurso anima a lxs espartaquistas a abandonar el Partido. Así, se forma un Comité de Acción conjunta entre delegadxs y espartaquistas que, además, comienza a confluir con lxs socialistas internacionalistas, ahora renombrados a Partido Comunista Internacionalista alemán (IKC). Se va dibujando una ruptura con el Partido Socialista Independiente así como también la fundación de un nuevo partido. Al principio, algunxs espartaquistas se oponen, entre ellxs Leo Jogiches y Rosa Luxemburgo, pues creen que deben forzar la ruptura durante el próximo congreso del USPD para arrastrar a la mayor cantidad de miembrxs hacia el nuevo partido, sin embargo, tras su intervención Radek, quien es parte de lxs comunistas internacionalistas y enviado como delegado de la Nueva Internacional Comunista creada tras la revolución de octubre, les convence de lo contrario.

Así, el 30 de diciembre, lxs espartaquistas se separan del USPD, se unen al ICK y forman el nuevo Partido Comunista Alemán. Luxemburgo se apresura a escribir un programa para el reciente Partido, lanzado el día siguiente en un panfleto titulado “Qué quiere la Liga Espartaco”. Sin embargo hay una serie de contradicciones y diferencias que atraviesan por igual a las 3 corrientes: Espartaquistas, delegadxs revolucionarixs y al ICK; concretamente entre aquellxs partidarios de participar en las elecciones, a la Asamblea Constituyente y en los sindicatos; y lxs ultra izquierdistas que quieren boicotear las primeras y rechazan incluso la formación de sindicatos propios por considerar la actividad sindical como una táctica oportunista.

En el Primer Congreso partidario se imponen lxs segundxs, que si bien en su mayoría se componen de lxs miembrxs del viejo ICK, lideradxs por Rühle, también cuentan con apoyo de  parte de las bases espartaquistas, pero en general nuevos militantes sin previa experiencia política, que se unieron al Partido al calor de la revolución de Noviembre.

Así, en el Primer Congreso partidario triunfa el ala ultra izquierdista, rechazando la resolución de Paul Levi para participar de las elecciones y aprobando la propuesta por Rühle para boicotearlas. Sin embargo, la votación se pospone para una nueva fecha. También se aprueban resoluciones de índole putschista, sin embargo en un acto de inconsistencia política que prueba las contradicciones en el seno del Partido se aprueba por mayoría el programa propuesto y redactado por Rosa Luxemburgo, que empujaba en un sentido contrario con párrafos como: “Si Espartaco toma el poder, será bajo la voluntad clara, indudable, de la gran mayoría de las masas proletarias, en toda Alemania y sólo bajo la forma de su adhesión consciente a las perspectivas, a los fines y a los métodos de lucha propugnados por la Liga, la victoria de Espartaco no está situada al principio, sino al final de la revolución”.

El boicot de las elecciones que, contrario al gusto de la corriente dirigida principalmente por el ICK tienen una gran asistencia, deja al Partido Comunista sin una representación en la política alemana. Pero lo que es más grave es que sus tendencias putchistas rompen el dialogo que lxs espartaquistas venían llevando con lxs delegadxs revolucionarixs para su integración al Partido (hecho sumamente necesario al ser éstxs, el único  grupo con una red de activistas por todo el país e influencia en los sindicatos). Esta ruptura se da debido a que se opone a alguna de las demandas que estxs hacen: participar de las elecciones (en lo que coincidían con la dirección espartaquista), definición precisa de las tácticas callejeras (reclamo que viene directamente de sus bases sindicales que son quienes formalmente debían poner el cuerpo durante los enfrentamientos), y definición del programa partidario en paridad de condiciones.

El Partido queda así aislado y en minoría con sólo unos 10 mil miembros, al estallar una huelga espontánea y masiva, pero limitada a Berlín, en la semana del 5 de enero cuando el gobierno de Ebert intenta remplazar al Jefe de Policía Emil Eichhorn, miembro del USPD, por negarse a reprimir una protesta obrera en navidad. Lxs huelguistas toman la Jefatura de Policía e, inesperadamente para el Partido, miles salen a las calles respaldando su llamado a manifestar. De esta manera, se forma un Comité de Huelga compuesto por Eichhorn y Georg Ledebour por lxs socialistas independientes, Liebknetch y Karl Pieck por parte de lxs comunistas, 3 soldados y 70 delegadxs revolucionarixs. La mayoría de la dirigencia comunista, entre los que se encuentra Luxemburgo, cree correctamente que ante lo limitada  geográficamente de la protesta (que ni siquiera logró paralizar Berlín completa), la neutralidad del regimiento  popular de marinxs (militares de tendencia izquierdista), la debilidad y aislamiento del Partido Comunista, que aún no se encontraba en condiciones de dirigir una insurrección, y el hecho de que lxs socialistas independientes no se sumaran de forma masiva a la misma, llevaría a consecuencias negativas.

Aun así, Liebknetch, por miedo a perder la confianza de las masas vota a favor, aun cuando sabe de la imposibilidad de una victoria y se encuentra en contra de transformar la protesta en insurrección.  Esto, sumado a los votos de lxs delegadxs revolucionarixs (contrario a la opinión de su líder Müller), hace que el Comité imponga la declaración de una insurrección para derrocar al gobierno. El levantamiento no logra apoyo fuera de Berlín. Así, el gobierno de Ebert rompe las negociaciones, impone un estado de sitio en la capital, y mediante su ministro de Defensa Gustav Noske reúne a lxs Freikorps, grupos de veteranxs de guerra de extrema derecha y proto fascistas organizadxs, en unidades paramilitares, a lxs que envía junto a las tropas regulares equipadas con artillería, desatando una masacre y aplastando a lxs rebeldes. Liebknetch y Luxemburgo son capturadxs y asesinadxs sumariamente por los Freikorps, la insurrección fracasa y se termina la segunda etapa de la revolución de Noviembre.

Pocos meses después, en marzo del 19, el gobierno desata una nueva masacre al empezar una huelga general que pedía la aplicación de los “Puntos de Hamburgo”, un acuerdo de demandas formuladas durante la revolución de Noviembre y que habían sido aprobados incluso por el SPD. Entre estas demandas se encontraba la nacionalización de industrias clave y el reconocimiento legal a los Consejos de obrerxs y soldadxs. La huelga estaba dirigida nuevamente por lxs delegadxs, el USPD y lxs comunistas ahora lideradxs por Jogiches. Si bien era sólo una huelga, el gobierno lanzaría una provocación inicial asesinando a un marino de la División Popular de marinxs, lo que lleva a que lxs mismxs que se mantuvieron neutrales durante el levantamiento espartaquista, ahora comiencen a distribuir armas a lxs huelguistas, sólo por una «vendetta» personal.

Esta situación sacó la huelga de contexto y sirvió de excusa al gobierno para la represión, que contaría a 3 mil muertos, incluidas personas que no participaron de la huelga, ya que el gobierno decretó de forma asesina la ejecución sumaria de cualquiera que poseyera armas y combatiera a los Freikorps, pero los paramilitares lo hicieron extensivo, buscando armas en las casas de la población general.

Tras estas dos derrotas y el asesinato de parte de la Dirección, el Partido pasará a estar dirigido por Paul Levi entre 1920 y 1921, que empezará un duro debate con las corrientes ultraizquierdistas dirigidas por Rühle, y proveniente del ICK, que terminaran abandonando el Partido para formar el Partido Comunista Obrero alemán. Levi logra cambiar la estrategia partidaria por una línea de masas.

Consistente en participar de elecciones y sindicatos, seguir el programa escrito por Luxemburgo y aprobado por el Primer Congreso, no intentar  insurrecciones prematuras o aventuras putchistas y buscar atraer a otros grupos revolucionarios, se ve recompensado con el ingreso de una nueva ruptura de izquierda del Partido Socialista Independiente, esta vez mayoritaria (400 mil afiliados), dentro del Partido Comunista, convirtiéndolo por primera vez en un partido de masas, y el primer Partido Comunista de masas de Europa occidental.

El triunfo no duraría mucho, meses después, con el ingreso de exiliadxs húngarxs en el Partido, Bela Kun y la redacción de la revista Kommunismus, las posiciones putchistas volverían al Partido. Parte de la línea de Levi se apoyaba en un llamamiento a los demás partidos de izquierda a luchar por premisas básicas e inmediatas para la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, no era un llamado a una lucha revolucionaria sino por aumentos salariales, liberación de presos políticos, disolución de las milicias reaccionarias; que en ese momento eran muchas y superaban a la simple formación de Freikorps (estaban lxs cascxs de hierro y las milicias del creciente partido  nazi), constitución de comités comunes de defensa frente a estas milicias, entre otras. El llamamiento no buscaba remplazar la lucha revolucionaria ni formar un gobierno al estilo del posterior frente popular, tampoco esperaba respuesta positiva de lxs socialdemócratas, de hecho, se contaba con que darían la negativa, y eso era justamente lo que se queria, desenmascararlxs frente a las masas trabajadoras al mostrar el poco interés de las direcciones reformistas por demandas básicas y no radicales.

Esta línea, más tarde aprobada por la Internacional, sería sistematizada por la Teoría del frente único, y a esta concepción el grupo de Kommunismus oponía la Teoría de la ofensiva, que proponía que la acción de los Partidos Comunistas debía apuntar a la ofensiva permanente, sin importar la correlación de fuerzas de cada país, delimitándose constantemente de los partidos reformistas, rechazando cualquier posibilidad de colaboración con los mismos, incluso en cuestiones de acuerdo básico. Cabe destacar que si bien el Partido contaba con una influencia de masas, esta seguía siendo minoritaria tanto a nivel político como en los sindicatos (de hecho dado el porcentaje de trabajadores afiliadxs a sindicatos por sobre lxs que votaban, la diferencia era aún mayor en los sindicatos) y que, contrario a lo que la Teoría de la ofensiva proponía, y según lo comprobaron Lenin, Trotsky y muchos otros teóricxs a nivel internacional, había un reflujo del movimiento obrero y la velocidad de las situaciones revolucionarias en Europa había disminuido. No obstante estos dos embates, la teoría se impuso en el comunismo alemán y dio nueva fuerza a las corrientes ultraizquierdistas, quedando Levi y otros camaradas espartaquistas, en minoría nuevamente.

Intoxicado por la teoría de la ofensiva, el Partido Comunista elabora una línea según la cual el Partido no debe esperar ni prestar atención a las condiciones objetivas y subjetivas pues con su propia actividad y fuerza “podría moldearlas”, pasando a un plan de acción que consistía en incentivar un clima de lucha, aunque fuera artificial, para generar una respuesta violenta de la policía que creían, al causar muertxs, incitaría una reacción proletaria que abriría las condiciones para un alzamiento revolucionario.

Demás está decir que la táctica fue un fracaso: lxs comunistas no lograron perturbar el trabajo en las fábricas, en muchos casos intentando frenarlas sin apoyo de lxs obrerxs, de hecho, en muchos casos en franca oposición a lxs mismxs, ya fuera por que pertenecían al USPD o porque los motivos explicados por la dirección en su llamamiento a la insurrección eran vagos, artificiosos y ambiguos. Cuando lxs obrerxs no respondían, el Partido mandaba a la militancia a enfrentarlxs, y ante estos enfrentamientos, la policía se limitó a detener a los comunistas. Para forzar enfrentamientos mayores mandaron ataques con dinamita, descarrilamiento de trenes, y ataques a tiros a la policía, lo que les dio la excusa para reprimir sin que lxs trabajadorxs se solidarizaran. Cayeron ante una provocación del gobierno regional de Prusia que buscaba desarmar a lxs obrerxs que habían evitado el pustch protofascista de Kapp.

Estos hechos, conocidos como «las acciones de Marzo», generaron una pérdida de confianza de las bases en el Partido que, ante el fracaso de la intentona, en lugar de generar una autocrítica se limitó a culpar a lxs trabajadorxs por no tener conciencia de sus propios intereses, por no luchar como debieron luchar, acusándolos de ser igual de traidores que las direcciones reformistas e incluso peor aún, culpando a lxs camaradas muertos durante la insurrección de tomar muy literalmente las  consignas lanzadas en la prensa oficial del Partido. Todo esto llevo a la pérdida de la influencia de masas que se había logrado, Levi lanzó una carta abierta criticando este accionar, lo que le valió la expulsión del Partido. Con él se fueron Clara Zetkin y muchísimxs otrxs dirigentes de peso. Lenin y Trotsky apoyaron en la Internacional a Levi y lanzaron la Teoría del frente único, pero este no quiso volver al Partido.

Esto allanó el camino para la llegada de Ernst Thälmann a la Dirección, un burócrata partidario de Stalin que adoptó sin chistar la nefasta teoría de “clase contra clase” lo que aisló aún más al Partido. Gracias a dicha teoría, entre otras cosas, subestimó el ascenso y el peligro que representaba el fascismo, por lo que se enfrentaron principalmente a la socialdemocracia, lo que cerró el camino a un frente único y ayudó a la llegada al poder de los nazis.

Tal fueron los hechos que en ocasiones se aliaron con éstos, por ejemplo, al apoyar el intento de los Cascos de Hierro de realizar un referéndum para tumbar el gobierno socialdemócrata regional en Prusia, o a dar declaraciones del estilo “un par de árboles nazis no deben tapar un bosque de socialdemócratas” y a ensayar una línea de coqueteo con el nacionalismo en un intento de ganarse parte de las bases obreras del partido nazi, incluso la oposición de derecha bujarinista se separó del partido, formando el Partido Comunista-Oposición; pues si bien colaboradora de Stalin, coincidía con la oposición de izquierda en plantear la necesidad del frente único.

En síntesis, podemos rescatar las siguientes lecciones de la historia del Partido Comunista alemán:

  • Muchas veces la formación de un nuevo partido se da en forma de reagrupamiento de cuadros provenientes de distintas organizaciones, en ese sentido la lucha faccional imposibilita la unión, paraliza el partido y divide las fuerzas revolucionarias.
  • La revolución socialista puede darse solo con el apoyo explicito y mayoritario de la clase trabajadora, cualquier intentona putschista/golpista que intente remplazar esa condición mediante un atajo aísla al Partido de las masas.
  • Es necesario llevar la lucha de clases a todos los terrenos de combate, y mediante todos los métodos, la lucha política/parlamentaria es insuficiente sin la lucha económica/sindical y la lucha callejera es insuficiente sin la lucha política y económica.
  • El sectarismo, en tanto lleva a la defensa de dogmas y de tácticas probadas como equivocadas por los propios hechos, además de aislar al partido y restarle influencia, impide la elaboración de políticas basadas en las condiciones materiales, la coyuntura y la realidad actual.
  • Si bien es necesario confrontar a lxs oportunistas, no hay que subestimar las fuerzas de la reacción dedicando todas nuestras fuerzas solo a los primeros, especialmente en momentos de golpes reaccionarios, menos atacando a las bases que ingenua pero genuinamente creen en esas direcciones reformistas.