En la misma vereda, seguimos en las calles 

Todos tratan de sembrar sobre la memoria, por lo que los registros suelen acumular distintas connotaciones según quién recuerde los hechos, según a quién le preguntemos. Pero nadie es propietario de la historia y la inmensa fuerza popular desatada durante las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 muestra que fueron millones de protagonistas directos los que la escribieron.

Hace ya veinte años, el pueblo tomó masivamente las calles con voluntad de resistencia en respuesta a una clase política que había reducido su accionar a la gestión de la miseria, fracturando completamente el lazo de representación. El sistema de partidos y las instituciones políticas se encontraban alejados de la realidad y de las necesidades de los sectores populares. La década menemista había entregado nuestro país a multinacionales, profundizado el endeudamiento externo, y la cotidianidad de la clase trabajadora estaba signada por la desocupación, la falta de los bienes más básicos para la subsistencia, el deterioro de la educación pública y el vaciamiento del sistema estatal de salud. El capitalismo neoliberal había agotado toda posibilidad de desarrollo sin una brutal reconversión y había empujado a la subsistencia más básica a millones. El acuerdo de peronistas y radicales aliancistas en la defensa del modelo de la convertibilidad, contó además con una fundamental protección mediática. 

Mientras tanto, en las calles se abría paso una generación contestataria que sembró rebeldía para el futuro, convirtiendo a quienes vinieron después en hijxs del 2001 y nietxs de la lucha que años atrás dieron nuestrxs 30mil compañerxs. En aquellos días de fines del 2001, con asambleas, ollas populares y cortes de rutas, una juventud con memoria salió a demostrar que la resignación no es el destino de los pueblos y recreó una nueva política desde la lucha y la organización.

Pasados presentes

Estos 20 años transcurridos de una de las gestas populares más importantes desde el retorno democrático nos permiten no solo reflexionar sobre nuestro pasado común sino sobre un presente que sigue siendo de lucha.

Mientras que en el 2001 el repudio al Fondo Monetario Internacional (FMI) era rotundo y generalizado, hoy estamos discutiendo nuevamente un “acuerdo” para volver a desangrar al país de reservas, fruto del esfuerzo de la clase trabajadora. Por aquel entonces resonaba el lema político de la “austeridad” para justificar el ajuste de los presupuestos estatales. Ahora la “sustentabilidad” y “equilibrio fiscal” son los nuevos eufemismos para defender el “cuidado” del gasto público, sobre todo en jubilaciones, salud, educación, ciencia y técnica e infraestructura. 

Muchas de las personalidades políticas, los partidos y funcionarios repudiados en aquel momento se han reconvertido, vestidos con nuevos ropajes y reciclando con aceptación pasiva de sectores que hace 20 años protagonizaron la rebelión popular. Estos funcionarios, hoy vendidos como lo “nuevo” y la “única alternativa”, profundizan la derrota en sectores históricamente tan movilizados como lxs estudiantes y el sindicalismo, alimentando en un amplio sector de la militancia una gran apatía, que además se ve profundizada por la pandemia. 

Durante 20 años hubo distintas expresiones políticas para contener las contradicciones que se abrieron durante aquellas puebladas. Por arriba y por abajo se diversificaron propuestas y proyectos sociales, barriales, comunitarios y políticos. Hoy nos encontramos con un nuevo “bipartidismo” aglomerado en dos grandes coaliciones políticas, dirigidas o conformadas por los viejos partidos tradicionales, incapaces de contener ni dar respuesta a las desigualdades que sus modelos económicos profundizan. La novedad en el ámbito institucional es la aparición de pequeñas coaliciones en la izquierda y la una nueva ultra-derecha que parecen confirmar un desgaste en la recomposición política posterior al gobierno de Néstor Kirchner y del “Frente para la Victoria”. 

El movimiento piquetero, organizador de sectores de la clase trabajadora sin empleo formal o ingresos regulares, fue un gran protagonista que emergió por entonces, hoy es reconocido en la forma de diversos movimientos sociales con estructuras formales, años de organización y nuevas formas de vinculación con el Estado y los partidos políticos. La crisis actual renovó el papel de la movilización callejera y, mientras aún transitamos un difuso tiempo de post-pandemia y nueva normalidad, el accionar de este sector será clave en nuestro destino colectivo.

La crisis económica y socio-ambiental también pone en tensión muchas verdades aparentes y relatos que hasta no hace mucho servían para aliviar la incertidumbre de futuro para una inmensa mayoría, que oscila entre la desocupación, la falta de estabilidad laboral, la precarización y la informalidad. La superación de la crisis de estatalidad que intentó el kirchnerismo y los años de modelo neodesarrollista no impidieron el retorno de la derecha neoliberal, que en solo 4 años creó la crisis en la que nos encontramos. El peronismo en el gobierno hoy nos propone aceptar que no queda más opción que acordar con el FMI y esperar un ajuste light con crecimiento que nos lleve al equilibrio fiscal.  Sin embargo, lo que nos espera es un ajuste profundo vía la tutela del Fondo  y la ejecución de la triple reforma: fiscal, jubilatoria y laboral. Esta es la condena a años de miseria para la mayoría del pueblo.

A 20 años del “Argentinazo” que tuvo su punto más alto en la renuncia presidencial del trístemente célebre Fernando de La Rúa, destacamos como una de las principales lecciones de los hechos el papel transformador del pueblo movilizado y en lucha, verdadera base de cualquier proyecto emancipatorio. Y será de vital importancia recuperar y amplificar esa capacidad para los tiempos que estamos viviendo y las preocupantes perspectivas de futuro. La confluencia de las diversas luchas de nuestro pueblo es la potencia que necesitamos para reeditar el triunfo antineoliberal de las jornadas de diciembre de 2001.

Hoy el pueblo del Wallmapu y Chubut está dando muestras del camino al resistir frente al avasallamiento de sus derechos soberanos sobre sus territorios. Si la aprobación de la rezonificación minera por la Legislatura provincial fue parte del avance de los planes extractivistas del gran Capital y de sus socios empresariales locales, el reciente anuncio del gobernador chubutense Mariano Arcioni es un triunfo de la resistencia y la movilización popular. La apuesta megaminera muestra también el avance de los financistas y acreedores de deuda que esperan dólares frescos de la exportación de commodities y confirma que los gobiernos están dispuestos a todo para salvar a un capitalismo que para resolver su crisis pretende intensificar los modelos extractivistas de apropiación y despojo, aún a costa de destruir al planeta. Pero la irrupción social, como sucedió en 2001, interfiere con los más acabados planes de dominación y obliga a barajar de nuevo. La disputa sigue abierta y mucho del resultado depende de la lucha callejera. 

A 20 años del 2001, necesitamos resignificar aquellas rebelión para seguir aprendiendo de ella. La verdadera fuerza de transformación y emancipación reside en la presencia del pueblo en las calles y sus lugares de vida colectiva organizada. Es el verdadero combustible para forjar nuevos proyectos políticos que den solución a los viejos y nuevos problemas del capitalismo y el patriarcado. 

En este diciembre, seguimos en la misma vereda que hace 20 años

¡Viva la rebeldía del pueblo!

¡Justicia por lxs asesinadxs de la represión estatal!

¡Libertad de lxs presxs políticos!

¡Basta de represión en Chubut! ¡No a la megaminería! ¡Fuera Arcioini!

¡Fuera el FMI! ¡Suspensión del pago e investigación de la Deuda!

¡Basta de ajuste y destrucción!