por El Mecha

El 2001 nos cambió a todxs.

Nadie pudo permanecer indiferente ante el derrumbe estrepitoso del monarca desnudo, el insensible y estúpido reyezuelo títere. Detrás de él, otros cuatro, que caían como naipes. Lo sólido se derretía al calor de las gomas en un diciembre volcánico. Los dos partidos gemelos, que fundó El Mingo FMI, se agarraban de donde podían para no volarse en la tormenta, mientras el corito monocorde seguía cantando más ajustes. El poder de la «representación» no valía ni una feta de salame en mal estado.

Nadie pudo dejar de contemplar impávido la repentina vocación callejera de sectores sociales que parecían sumergidos en un «sálvese quien pueda» eterno, mientras millones se hundían en la miseria. Cuando hacían la fiesta más cara de la historia y nos conformaron con la videocasetera y un peluche made in China.

Millones nos conmovimos, y también nos rebelamos, cuando el estado volvió a mostrar sus dientes de clase. 39 asesinadxs por las balas oficiales, centenares de heridxs, apaleadxs y gaseadxs enseñan, una vez más, el carácter sanguinario de la clase dominante argentina. Ahí está su famoso «mérito». Sus millones chorrean sangre. Cotiza en bolsa la miseria planificada.

Nadie pudo permanecer indiferente ante la desesperación que arremetía en los supermercados, en los mini mercados, en las tienditas de barrio. En esa espantosa guerra entre pobres. Ante el hambre urgente que carneaba terneros en la autopista, o servía «gatos» a la parrilla.

No había forma de no conmoverse. De no indignarse.

El 2001 nos cambió a todxs. Por abajo, por arriba, por el medio. Las rebeliones son así. Este pueblo es así. Se banca todas, hasta que explota.

Son 20 años y parece un siglo. Son 20 años y parece ayer.

Soy un hijo del 2001. Hay tantxs que lo vivieron pero quedaron amnésicxs. Se volvieron profetas de líderes milagreros y borran, cual hijos de Mitre, lo que este pueblo parió con dolor en las calles. Interpretar, reencauzar y disciplinar ese estallido fue una tarea que se tomaron en serio los que querían volver a «representar». Pusieron una oreja abajo, aunque siguieron mirando de arriba. Cantaron diez canciones al pueblo, aunque la torta se siguió concentrando. Y nos propusieron «incluir», porque la Justicia ya es cosa del pasado.

20 años después y duele en los huesos ver nuestros verdugos libres. Con voz y nuevos votos, que les dan la palabra. Duele en los huesos estar otra vez en el Fondo. Y que pagar una estafa sea la opción «racional». Escuchar la prosa aburrida que repite «paciencia», «no hay alternativa». Otra vez la esperanza en las urnas que se choca con la realidad de los mercados. ¡Otra vez! todo lo que era posible en campaña se trasmuta en impotencia, porque hay que hacer buena letra.

El 2001 nos/les recordó que la paciencia del pueblo no es eterna. Y que nadie le dice NO a un pueblo que grita por fin ¡Basta!. Que los imposibles tiemblan, cuando se pone en juego su orden sagrado. Que el miedo de los poderosos se trasmuta en plomo, pero también en concesiones. Que la calle es el terreno fundamental de la política: ayer, hoy y mañana. Que todas las batallas, aunque perdimos mil, al final cuentan. Que resistir, así seamos cuatro, siempre hace la diferencia. Que después, claro, no alcanzó con rebelarse para cambiar lo que hay que cambiar, ni siquiera para que se vaya más de uno. Pero es en los intentos donde se amasa la historia de abajo.

El 2001 es un fantasma que nos visita siempre en diciembre, y le habla a la cara a lxs saqueadores y asesinos. A lxs que votan leyes a nuestras espaldas. A lxs que gobiernan para los que son menos. Anduvo por las calles mendocinas, en diciembre del 2019 y recuperó su ley protectora del agua. Arde hoy por todo Chubut, porque hay gobiernos ensordecidos por la papota de las multinacionales.

Somos el 2001, un fuego que todavía no pudieron extinguir. No es una amenaza, nadie puede hablar en nuestro nombre, pero… ¡tengan cuidado!