De responsabilidades hermosas y nuevas realidades.

Entrevista a Natalie Arriagada, Movimiento de Pobladores y Pobladoras Vivienda Digna, Chile.

Por Josefa Vergara

Entrevisté a la compañera Nati en un terreno que están peleando para vivienda 262 familias en Maipú, un barrio popular de Santiago de Chile. Me cuenta que tiene 33 años, es madre de Trinidad, de diez, a quien cría sola. Es una de las fundadoras y hace alrededor de tres años que es vocera del movimiento, aunque de forma interrumpida pues dejó la vocería el año pasado, para ser candidata a la Convención Constitucional.

Fue una apuesta importante para el movimiento, porque por primera vez dimos el paso hacia la disputa institucional, siempre habíamos quedado fuera de ese terreno, y ahora, bajo todo el calor de la revuelta popular y la efervescencia que se dio con las candidaturas independientes, decidimos levantar desde el movimiento la nuestra.”

¿Qué otras implicancias tuvo la revuelta, iniciada en octubre de 2019, en el movimiento?

El 6 de agosto del 2016 nace el primer comité del movimiento, Esperanza Popular, que es precisamente el que va a construir en esta tierra. A nosotros no nos pilló desprevenidos, sí estábamos un poco atónitos con la situación, veíamos que no había propaganda en las calles, que no había conducción política, pero para nosotros no fue la última semana de octubre la primera vez que nuestra gente se sentó a conversar y decir cuál es el país que quieren construir. Nosotros eso ya lo veníamos trabajando hace cuatro años. Entonces nosotros buscamos poder conducir nuestra organización a sumarse a esa efervescencia popular y darle más contenido político desde nuestras asambleas, era importante que nuestros vecinos y vecinas pudieran entender que no era producto solamente de una situación puntual, sino de años y años de precariedad laboral, habitacional, de la salud, la educación, años de opresión.

Entonces nos pilló con las botas puestas, no con el escudo puesto, eso sí, no para primera línea, es verdad. Como salieron los milicos a la calle, empezaron a revivir un montón de memorias respecto a la dictadura, lo que impactó en términos psicológicos y emocionales a mucha de nuestra gente, que si bien salía a casi todas las convocatorias y huelgas, eso hizo que tuviera un miedo importante a la pelea directa con la policía. La organización se comenzó a estresar, lo recuerdo bien, no había otros espacios de conversación más que la asamblea, y era súper difícil contener eso. Un montón de información, de miedos, pero también energía y rebeldía. En nuestros espacios de organización hay una gran diversidad de edades, entonces era un huracán de emocionalidades en el aire, que estaban desbordadas, pero siempre con disposición de luchar.

Todo eso nos permitió tomarnos este espacio donde actualmente viven 9 familias completas, con emergencia habitacional. Anteriormente nosotros veníamos de organizarnos en la Villa San Luis de Maipú, uno de los sectores con más marginalidad residencial, donde más se sufre el abandono del estado y sus políticas. En esa cotidianidad que hemos sobrevivido y sobrellevado toda la vida, nos hemos criado y forjado, entonces, para nosotros fueron complejos esos momentos, pero llenos de esperanza. Eso le dio a nuestra gente el impulso de querer hablar política, hablar del Vivienda Digna en otros espacios que no fueran acá. Por ejemplo una vecina que hacía catequesis, hablaba con el cura sobre el comité, o los vecinos en el sindicato, las vecinas en la empresa. Nuestra gente empezó a perder el miedo a decir que se organizaban y que estaban luchando, una lucha que implicaba perder días de trabajo, dejar a los niños y niñas, pero se sentían orgullosos de ser parte, porque tenían herramientas para mirar lo que estaba ocurriendo de otra forma. Podían pararse con su vecino, que no se organiza, y hablar de lo que ocurría. Eso no lo aprendieron en su casa, sino en la experiencia de la organización popular.

Eso ha sido súper importante y yo trato de reconocerlo siempre, porque lo que ha ocurrido últimamente, es que se cree que la rebeldía popular nació el 18 de octubre, y que poco menos que sólo lo que ha ocurrido ahí es válido, y no es así. (De todas formas esa es una lectura que se da más en los sectores medios que en los populares). Hay un montón de compañeros y compañeras que siguieron luchando post dictadura, dando la vida, levantando organización popular, sindical y las reivindicaciones históricas que tenemos como pueblo. Todo esto viene de atrás, fueron años de calle y de instalar demandas. Yo misma estuve en varias organizaciones antes de Vivienda Digna, me organizo desde los 15 años en la población.

Lo mismo pasa con la huelga feminista del 8 de marzo. Yo marchaba a mis once años con mi mamá y su grupo de compañeras, las Mujeres Solidarias, y se marchaba al revés, de acá para arriba, porque íbamos por los poderosos, y no se cuenta esa historia.

La revuelta popular para nosotros fue esa inyección de moral y compromiso, que de repente uno pierde con el apremio del sistema, de la producción, de la cotidianeidad, de la maternidad y paternidad, la revuelta nos devolvió la esperanza de creer que podríamos transformar el sistema.

Hoy lo que está ocurriendo con este contexto político es desmoralizante a veces, más pensando en que quizá pueda tener hasta una salida fascista. No tenemos control sobre eso, pero sin duda la revuelta nos dio esto, poder decir: estoy en el lado correcto de la historia y aquí voy a seguir junto a las y los míos.

Desde Argentina seguimos el proceso en Chile, y veíamos que ya había un programa político en las movilizaciones, que venía de antes como tú dices. Es interesante la claridad del programa de ustedes en Vivienda Digna, por ejemplo. Me interesa que nos cuentes cómo fue construido.

Al principio éramos un montón de compañeros y compañeras sólo con ganas de tener una vivienda, muchos profesionales precarizados, sujetos sin posibilidad de acceder a créditos hipotecarios. Nos reencontramos después de diez años, todos maipucinos, en el 2016, y ahí decidimos levantar el primer comité de vivienda más que nada pensado en gestionar un proyecto. Comenzamos a vivir el proceso muy desde nuestro territorio, donde estaban nuestros pies, estaba nuestra cabeza. Pero después, cuando empezamos a agregar elementos políticos a la lucha, comenzó a tomar otras directrices la organización, y su dinámica interna también cambio. Primero fue la recuperación del espacio territorial de una sede social en la Villa San Carlos, luego se empieza a confluir con distintas organizaciones que nacen acá en la población, ahí estaba la Coordinadora Territorial de Pobladores, y eso sin duda ayudó a relacionarnos con más organizaciones del territorio. Empezamos con dos asambleas, el tercer comité del movimiento apareció en el 2017, y ahí comenzaron a integrarse algunos militantes, y eso facilitó que pudiéramos organizar la demanda e instalar los primeros puntos que queríamos pelear, ya no como un comité de vivienda, sino con las primeras luces de construcción de movimiento.

Algunos veníamos con la matriz histórica de la reivindicación por el derecho a la tierra, por lo que había ocurrido en La Victoria, en La Pincoya, de ahí nos agarramos y tratábamos de armar una ensalada propia. A medida que iba pasando el tiempo, cuando salimos de Maipú, nos dimos cuenta que no éramos los únicos, que existían más organizaciones de pobladores y pobladoras que luchaban por lo mismo y ahí comenzamos a articularnos con otras organizaciones de pobladoras.

 Esa coordinación y conocer experiencias, nos ayudó bastante a construir nuestro propio programa, aprendimos mucho de la experiencia de las y los demás, eso también nos ayuda a consolidar el programa de lucha por la vivienda y la ciudad en el Vivienda Digna.

Con el tiempo comenzamos a incorporar a compañeros y compañeras que venían de organizaciones políticas que se acercaron a la nuestra con la intención de colocar sus manos y su tiempo a disposición de construir organización popular y aportar al programa del derecho a la vivienda y la ciudad. Y esto ha sido muy importante para la organización, porque nos ha dotado de herramientas políticas y técnicas para la lucha por la vivienda.

Dentro del movimiento ¿qué perspectiva tienen de la lucha antipatriarcal?

Yo creo que primero hay que mirar la organización con realidad, desde las personas que participan en la organización popular, con extracción de clase proletaria, donde el patriarcado ha sido amo y señor siempre, hasta el día de hoy. Se ha apoderado en todo sentido de nuestras vidas, igual que el capitalismo. Pero nosotros intentamos hacer que esto funcione de otra manera, primero con formación dentro de nuestra organización, pero también tratando de construir espacios solo para mujeres. Por ejemplo en el comité de Yungay, Latinoamérica Unida, compuesto por compañeras y compañeros migrantes, se armó el círculo de mujeres en el año 2017/2018, que lo hicieron compañeras feministas, que ellas siendo ellas militantes de la organización, fue algo que elaboraron con sus propias vecinas desde muy abajo. Tuvimos también el Encuentro de Mujeres del Vivienda Digna, en 2019, y ahora estamos levantando un nuevo espacio, con compañeras de todos los comités de Santiago, un tumbe, danza afro-ariqueña. Ahí se motivó una compañera que conoce la danza y nos explicó que el tumbe no es para ir a acompañar una marcha, sino que es una práctica antipatriarcal, antiracista, anticolonial y nosotras antes de aprender a bailar, tenemos que aprender su significado y que es lo que vamos a hacer.  Esos son los espacios que sirven para poder tener conversaciones entre mujeres, para ir abordando ciertas temáticas. Además como la organización es bastante grande, se van creando subgrupos, por ejemplo aquí hay dos o tres, y se juntan, hacen el asado, salen con sus hijos, sus hijas. No sé si eso te lo puedo definir como una práctica feminista, pero sí te puedo decir que esas vecinas que eran totalmente desconocidas hace un par de años atrás, ahora se juntan, se contienen, se acompañan, se ayudan. Quien sería yo para decir si eso es más o menos feminista, pero eso es lo que se vive aquí. Y la gente no lo nota, ni ellas mismas, pero lo están haciendo, lo viven. Y es algo que aprendieron acá, antes esa red no la tenían, y existe gracias a que se encontraron en la lucha por la vida digna.

Claro, es una recuperación del tejido social y de lo colectivo. Y en el movimiento hay muchas compañeras, ¿no?

El 70% lo componen mujeres. Todas forjadas al calor de la violencia patriarcal y del capital. Y lo digo porque muchas de nosotras tenemos conductas patriarcales, entendiendo que eso es un profundo desafío, que queremos modificar todos los días. Es difícil porque no lo hemos elegido. La vida y la cotidianeidad en la población, es distinta que en Ñuñoa. Esa es la  historia de acá, y muy común entre las vecinas y dirigentas, y somos violentas, por el camino que hemos tenido que recorrer, sin querer serlo, intentamos siempre cambiar esas conductas, cuestionarlas por lo menos y eso es un camino muy complejo cuando tienes una sociedad entera naturalizando esto . Más difícil será mientras nuestras vecinas sigan viviendo en las condiciones en que viven. Es también la violencia que recibimos del estado, la institucionalidad, las fuerzas de la policía.

Esas cosas es sumamente importante hablarlas con honestidad. Creo que aporta mucho a que otras compañeras no se sientan culpables de la vida que tienen, porque si bien el feminismo ha llegado a ser una herramienta de emancipación, también ha sido una herramienta punitiva, no sólo con los hombres. Hay que hacerse cargo, no para defenderse o ponerse desde el rol de víctima, sino para poder transformarlo y es lo que más cuesta. Nosotros tenemos vecinas con muchos hijos, sin compañía, y han tenido que vender hasta droga para llevar pan a su casa. ¿Y qué le vamos a decir a  la vecina, mientras la organización no tenga como darle trabajo, y no tenga quien le cuide a los hijos? Son contradicciones que se producen internamente, y claro, desde la moralidad revolucionaria, condenarlo es fácil, pero esa superioridad moral ya la abandonamos. Ya no queremos nada con esa izquierda para la que hasta parece que militar hoy en día es pecado. No es llegar y decir “aquí va a nacer la nueva organización”. Para qué mentirnos, primero compañero, compañera, mirémonos con honestidad y realidad. Ese ha sido uno de los aprendizajes más importantes en mi vida acá, y estoy segura que les ha ocurrido a muchos, sobre todo a las mujeres.

Yo ahora vivo con una compañera y sus hijos. Un día se quedó sin un lugar donde vivir  y yo la recibí en mi hogar, ahora es mi hermana, la vida y la organización la eligieron por mí. Son sueños, esperanzas y son responsabilidades. Todos los días me despierto y busco  responder en mi trabajo, que es éste, para que la cosa avance lo más rápido posible. Esa es la responsabilidad que siento. Hay compañeros y compañeras colocando su vida acá, sus tiempos, condiciones económicas que podrían tener en otros lugares, lo están poniendo acá a disposición de la organización. Esa es mi moralidad, desde ahí miro hacia el mundo. Mi corazón, mis pies y mi cabeza están acá, en la lucha por la vivienda, por recuperar la tierra, por la transformación de nuestras vidas, por tener un medio ambiente digno para el futuro.

Y pienso en todos los mártires, que siempre los pone el pueblo, y digo, no Nati, tú no tienes espíritu de mártir, tú eres una más. Por eso trato de no subirme a la pendiente. Hay personas con este pequeño poder de representatividad y creen que sirve para avasallar a otras personas, y no es así. Es para poder ganarle a los que nos explotan y privan de nuestros derechos, pero ese es un poder constituido por todos y todas. Para mi es una responsabilidad ese poder, y créeme, hay veces que lo quiero abandonar.

A mí a veces se me escapan los tecnicismo en la asamblea, y hablo de segregación residencial y normas, y mis compañeras, mi grupo de amigas, que son vecinas, me dicen “no hagas eso, la gente no te está admirando, sólo no te está entendiendo. Cuando tu refinas tu lenguaje, las haces sentir ignorantes. En este espacio, tú eres igual, ni más ni menos. No te alejes.” Así que cada día intento ser mejor, en todo ámbito y pucha que cuesta, pero aquí estamos no hay tiempo para rendirse. La reflexión la hacemos acá colectiva.

Nosotras trabajamos en nuestro feminismo con nuestras vecinas con pequeños gestos que cambian vidas. A veces a mí me cuesta decirme feminista, siento que no sé si es correcto, porque no es solo lo teórico, sino también lo práctico y quizá hay cosas que no manejo, pero aquí estamos aprendiendo a convivir, en el espacio colectivo en la toma de decisiones, todo con la finalidad de ser mejores.

Un año nos tomamos la municipalidad de Maipú y paralelamente la sede del partido de la UDI, cien pobladores en cada lado. La Cathy Barriga llevaba un mes como alcaldesa, y le sacamos paseo a la playa todo el día gratis a Concón, útiles escolares, pasto, herramientas y materiales para la construcción de la sede. Ese paseo lo abrimos para todo el movimiento, fueran o no de Maipú. Invitamos a todos los comités y una de ellas, cuando regresamos, se acerca y me dice “Nati, le quiero dar las gracias, porque yo no conocía el mar” Yo no tuve palabras para decirle algo, sólo la abracé. Eso no lo encontré en ninguna organización política, ni en la Jota, ni en esas que no tienen nombre. Acá, con las más pobres, con las más violentas, con las más vulneradas, con las más solas, con las más trabajadoras, aprendí a soltar amor. Acá sacamos la garra para decir: vamos a tomarnos la cámara chilena de la construcción, año 2018, 350 personas. Nos reprimieron, 17 personas detenidas, nos echaron del ministerio con las fuerzas especiales.

Te cuento más, antes de este terreno, estuvimos peleando uno privado, y nos tomamos la empresa, Hormigones Transex, que era de la misma inmobiliaria, los mismos dueños del holding, de la constructora, que tenían la minera Rosales, una frutícola. Contrataron guardias privados, perros, nos demandaron. Los años 2017 y 2018 fueron durísimos, de mucha pelea.

Justo antes del estallido…

Exacto, y eso nos dio fama, nadie más había hecho algo así. Aunque si me preguntas sí lo haría de nuevo, no lo sé. Lo dudo.

¿Por qué?

Porque, más allá de que es una decisión colectiva, en términos personales creo que antes de hacer algo tan arriesgado, tendría que estar muy segura de que el objetivo es totalmente productivo y victorioso. Porque ahí el terreno lo perdimos. No expondría a 350 personas de nuevo para que nos saquen la chucha y no llevarnos la victoria. Muchos veníamos de esas lógicas, yo venía del mundo sindical donde se organizaba mi mamá, una organización sindical con varios años de lucha directa. Pero lo de los objetivos políticos se aprende, y se van depurando también. Nos auto-formamos, ahora manejo mucho más  de vivienda porque la organización me entrego las herramientas mínimas para prender y después con mi retiro del diez por ciento, me pagué un diplomado, antes de comprarme una tele o zapatos.

Esa lucha, la directa, que sin duda seguiremos usando de ser necesario, tiene que ser muy bien planificada, porque uno no puede jugar al ensayo y error con el pueblo, porque es un año más sin vivienda, condenando a la gente a vivir de allegados o allegadas, o un año más de arriendo abusivo. Hay que tratar de errar lo menos posible.

Hay algo que tienen el poblador y la pobladora, que lo aprenden de muy niños, y es la astucia. Siempre estar mirando en todas direcciones, eso tienen las compañeras, son vivas y audaces. Toda esa pena, rabia y frustraciones que tienen ellas acumuladas, en el Vivienda Digna encuentran el espacio para sacarlo, para ser más. Acá tienen un rol, son protagonistas, su voz se escucha, y su voto se cuenta cada vez que levantan la mano.

Te pregunto ahora, por la pandemia y la migración, cuestiones que estos dos últimos años estuvieron de la mano, y que tienen relación directa con el problema de la vivienda, desde gente que quedó en la calle por la crisis económica y migrantes que llegan a situaciones muy precarias. Cuéntame cómo se vivió desde el movimiento. 

La pandemia fue algo bastante duro para nuestra organización, perdimos gente. Tuvimos que sobrellevar la organización a modo telemático. Nuestras vecinas tuvieron que aprender a manejarse en meet, en zoom. También tuvimos que tomar medidas de autocuidado, acá por ejemplo, se levantó una comisión que tenía la obligatoriedad de hacer una encuesta semanal del estado de salud de todos los vecinos, registrar cuantos vecinos con covid, de qué edad, con cuánta gente vive. Teníamos otra que hacía lo mismo, pero acerca del estado económico de nuestras vecinas y vecinos. Sin duda, tuvimos que dotar de muchas más herramientas a la organización para poder cuidarnos. Ahí levantamos una consigna “el estado no nos cuida, me cuidan mis vecinas”, porque efectivamente era la realidad concreta. Muchos se empezaron a quedar sin trabajo, de un día para otro. Tenemos muchas vecinas que trabajan para alguna empresa de comercio, en la construcción con faenas paradas, con contratos suspendidos. La tuvimos bien difícil, pero después la organización pudo levantar formas de autogestión como las cajas de mercadería o los equipos de salud. Otros comités levantaron una cooperativa de alimentos como en Latinoamérica Unida.

Nosotros estamos presentes además en Alto Hospicio, en Antofagasta, en Osorno, y en esos lugares no se trabaja con comités de vivienda, sino que con campamentos, que es una dinámica totalmente distinta y sin duda el número de vecinos y vecinas migrantes es mucho mayor en las regiones que lo que es acá. Nosotros levantamos la migración como reivindicación, para nosotros ningún ser humano es ilegal y los vecinos que se quieran organizar en el Vivienda Digna van a ser bienvenidos siempre, con las mismas condiciones nuestras, aquí somos todos pobres y todos luchamos. Si es rojo, es rojo para todos, si es negro, es negro para todos, sino se te complica la cosa, porque tienes distintas personalidades y visiones, hay un montón de diversidad que confluye, pero al mismo tiempo tensiona la organización, entonces ahí hay que tratar de ser lo más democrático posible, llevar todo a este espacio, cualquier diferencia, se vota. La pandemia vino a reforzar eso también, el trabajo, la organización, la unidad y la justicia interna. Yo aprendí algo en el Vivienda Digna, cuando el Whatsapp de la asamblea está en silencio, es una mala señal. Cuando la gente está discutiendo, es porque la organización está viva, latiendo, porque si no hay conflicto no hay contradicciones, y esa es nuestra apuesta, agudizar las contradicciones de clase y que nuestros vecinos se den cuenta en qué lado de esta sociedad están.

Nuestra gente además, al tener tantas horas de asamblea en el cuerpo, es distinta en su dinámica organizativa, acá la gente habla. Cuando recién levantamos esta organización no hablaba nadie, ahora cuesta hacer callar a la gente para poder seguir, porque si no podemos estar una hora en un solo punto. Y hay otros comités donde es lo que dice la dirigente y se acabó. Y con un grupo pequeño es más fácil, pero otra cosa es con 150 personas como ocurre acá en Maipú, a veces más. En este sentido la pandemia nos ayudó a tener nuevas formas de decidir, incluso encuestas por formulario, porque son muy lindas las asambleas, pero también pasa que cuando hay una tendencia, hay gente que no se anima a decir que está en contra, porque siente mucha presión social, miedo a equivocarse o decir algo que no le guste a los que hablan más fuerte. En cambio con la votación secreta, cada uno entrega su opinión y nadie le va a decir nada. Porque claro, la democracia directa sí, pero en igualdad de condiciones, y las mujeres por ejemplo, no estamos en igualdad de condiciones que los hombres, por lo tanto es más difícil que esas mujeres entreguen su opinión real. Independiente de que sean fuertes, igual las mujeres muchas veces se sienten inseguras de sus conocimientos.

Con respecto a la migración, nosotros hemos visto con tristeza como tanta gente busca un nuevo horizonte en este país de mierda. Nosotros tuvimos la oportunidad de ir a Alto Hospicio, fuimos de Antofagasta a ahí y luego de regreso. Recorrimos todo el desierto, alrededor de 5 horas en auto, y vimos y vivimos en carne propia la realidad de las familias que se están moviendo de un lugar y otro, y es frustrante, y no sé cómo describirlo, no tengo palabras, una cosa es verlo por la televisión y otra es verlo ahí tú mismo, hablar con la gente, darle agua, en medio del desierto donde no hay nada. Da impotencia, da rabia, hay muchas contradicciones que a mí me pasan porque yo me pongo en el lugar de ellos y digo “quizás es la única opción” pero no sé, vienen con los niños a vivir esto… pero hay que estar en sus zapatos. Como te digo, acá tenemos vecinos y vecinas migrantes con los que nos organizamos, y estamos muy orgullosos de ellos, son tremendos compañeros y compañeras. Está la Eli Andrade en Antofagasta, tremenda dirigente del Vivienda Digna, del Rompiendo Barreras, compañera solidaria del campamento Los Arenales.  La historia nuestra es la misma historia de violencia de mis vecinas, mía, de la Eli, de la Ángela en Hospicio, de las compas en Osorno. Son las mismas historias de todos, en diferentes contextos y países, pero aquí estamos ahora luchando juntas por transformarlo todo, o por lo menos por el derecho a la vivienda y la ciudad.

Y qué perspectivas hay, específicamente sobre la Convención Constitucional.

Un derecho que nosotros estamos por todos lados tratando de instalar y tiene que estar redactado en la nueva constitución, es el derecho a la vivienda y a la ciudad, pero no sólo el artículo que diga eso, creemos que hay que darle herramientas al estado para que pueda garantizar ese derecho, no nos sirve la letra muerta. Ahí nosotros hemos levantado desde nuestras organizaciones, propuestas importantes como la Ley de Suelo, que está pensada en tres puntos: la recuperación de plusvalía, cuotas de vivienda social y mayor protagonismo del estado para compra preferente de terrenos.

Sin duda son apuestas para el nuevo gobierno que esperamos esté lo más a la izquierda posible. Aún no hemos tomado ninguna decisión desde el Vivienda Digna, es una discusión que vamos a dar pronto, en estos días. Lo que hacemos es presentar todos los programas y propuestas, las trabajamos en grupo y después de eso se saca una decisión colectiva por cada comité, después se resuelve en nuestra instancia metropolitana, nacional y la mesa coordinadora. Tampoco hay mucho por donde elegir, para qué estamos con cosas.

En la Convención tenemos hartas esperanzas, ya hemos ido dos veces a las movilizaciones, fuimos a entregar la Ley de Suelo, nuestros compañeros están trabajando todos los días en elaborar y terminar esta ley. Estamos haciendo esfuerzos importantes de unidad con otras organizaciones de pobladores y pobladoras para que esta ley tenga sentido y emane desde las organizaciones. No para marketing político, sino para que de verdad el suelo pueda estar en manos de las organizaciones de vivienda, en las cooperativas de vivienda y que el estado tenga la posibilidad de acceder al suelo más que el privado y pueda recuperar su rol de productor de vivienda que ha abandonado completamente. Nosotros creemos que de la mano debe regularse la propiedad privada, no puede ser que esté por encima del interés público, colectivo. No puede ser que algunos se sigan enriqueciendo en plena pandemia, mientras nosotros nos hacemos más pobres. Esas desigualdades no queremos que sigan ocurriendo.

La historia nos da ejemplos, en 1906 existió la Ley de habitaciones obreras con el montón de revueltas populares que hubo en ese tiempo, fue la primera ley de vivienda en Chile. No descubrimos la pólvora. Hay experiencias que nos han visibilizado y nos han hecho creer a los pobladores y pobladoras que esto significa querer todo gratis, esa es la estigmatización que vivimos, que los que luchamos por vivienda, somos gente que quiere todo gratis. La deuda está naturalizada, igual que la violencia. Nosotros creemos que no, no es posible que tengamos que endeudarnos toda la vida para tener un techo digno y aquí nadie puede decir que no nos sacamos la cresta, porque aquí está lleno de trabajadores y trabajadoras que todos los días se levantan a las 6 am y vuelven a las 8 de la noche a su casa, después de haber dejado todo el día su fuerza de trabajo en sus centros laborales. No les vas a decir a las compañeras feriantes que le están regalando algo. Imagínate aquí hay familias enteras organizadas, mamá, hijos, hermanos, suegra. Es una red cada día más grande y en lo que se va convirtiendo la organización popular es en eso, en una familia, con todo lo que implica, con tensiones y dificultades, pero por sobre todo hay unidad, cariño y respeto, aun cuando hay peleas. También esperamos que esta Convención de una y otra forma, pueda mostrar la diversidad de feminismos, lo que construimos nosotras también existe. Creo que lo importante acá compañera, es que somos flores en el desierto y que todas podamos florecer.

La Convención encarna la posibilidad de aportar en esa historia nueva que estamos construyendo. Yo estoy muy orgullosa de nuestra organización, con lo bueno y lo malo, con las pérdidas y dificultades. No sé si los demás podrán comprender esta responsabilidad hermosa.