El presente texto es un capítulo de la autobiografía del “Colo” Marcos, “AVOMPLA! Historias de un guerrillero”, que salió a la luz este año[1].


Los veintidós de agosto son una fecha muy especial porque se cumple un nuevo aniversario de la Masacre de Trelew. Yo estuve involucrado y quiero contar, aunque muchas veces lo he contado, sobre la fuga y el rol que me ocupo en estos acontecimientos.

En aquel año (1972), nuestra situación era crítica porque la dirección histórica del Partido estaba en la cárcel. El “Roby”, “el Pelado” Gorriarán, “el Gringo” Menna y muchos cuadros medios importantes, entre ellos “Cacho” Delfino, “la Sayo”, Clarisa Lea Place y todos aquellos compañeros y compañeras que fueron asesinados en Trelew. En aquel entonces, fungía junto a Benito Urteaga como dirección del partido, no por mérito propio sino que había que reemplazar a los compañeros presos. Así es que damos un paso al frente y yo asumo la responsabilidad militar del partido. La dirección junto a Benito Urteaga, “Cacho” Ventrici y “el Negro” Mauro. Pero, en realidad, reconocemos la dirección del Partido que estaba en la cárcel. Solo ejercemos funciones prácticas. La línea del Partido venía desde adentro, así es que los compañeros resuelven la fuga y nosotros teníamos que garantizar el traslado de los compañeros desde la cárcel de Rawson hasta Trelew, dónde había un aeropuerto que estaba, aproximadamente, a dos mil metros de la base aeronaval Almirante Zar, regenteada por la marina. En la zona de Rawson había un cúmulo de fuerzas represivas: la policía federal, la gendarmería, la marina y un regimiento del ejército. Era una zona militar, instalada históricamente por cuestiones limítrofes con Chile, un territorio en disputa por la Patagonia. Había mucha fuerza, que ahora se volcaban a combatir contra nosotros. Las fuerzas represivas del Servicio Penitenciario Federal habían elaborado una especie de maqueta para analizar las posibilidades de una fuga, pero la habían pensado desde el exterior del penal. Ellos consideraban un operativo antiguerrillero externo, de un radio que abarcaba desde Puerto Madryn y Trelew hasta Comodoro Rivadavia. Con trabajos de inteligencia y esperando que fuéramos a rescatar a los compañeros. Fue todo una sorpresa que los compañeros lograran tomar el penal desde adentro. Y fueran capaces de hacerlo, en función de la unidad que existía en torno a nuestro Partido. Los compañeros de Montoneros y algunos otros de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) se plegaron a la fuga y empezaron a trabajar en la misma por la confianza que generaban nuestros militantes. Como presos eran un ejemplo de disciplina y sacrificio, consideraban a la cárcel como un frente más del cual se tenían que escapar y ganar la libertad. En torno al “Roby”, el “Pelado” y el “Gringo” se formó un núcleo que estaba representado también por Pujadas, de los “Montos” y otros compañeros de la FAR. La función nuestra era apoyar con camiones la entrada para garantizar la salida de los compañeros y poder trasladarlos de Rawson a Trelew. Para ello nos reunimos en varias ocasiones entre Montoneros, las FAR y ERP. Por FAR estaba “Chacho” Lewinger y por Montoneros iba Capuano Martinez, un chico que después lo mataron. Luego de discutir nuestro rol en la operación, Montoneros dijo que no estaba de acuerdo con la fuga. Le pregunté por qué no estaban de acuerdo y me dijo:“¡Nosotros creemos que el gobierno de Cámpora va a largar a los presos políticos”. Que en realidad sucedió así. Pero, fue a través de una disputa que se expresó en el “Devotazo”, el 25 de mayo de 1973, cuando el pueblo salió a las calles y fue a la cárcel de Devoto, la rodeó y hasta que no largaron a los presos no se fue. Era la promesa que habían hecho en la campaña electoral, lo habían planteado. Ellos tenían razón históricamente, pero en ese momento había que apoyar a los compañeros.

“Los compañeros nos estaban esperando”

Desde fuera, Montoneros se borra y le dejan la libertad de acción a los “Montos” que estaban dentro del penal de Rawson. Quedamos las FAR y nosotros. Desde el punto de vista militar teníamos que garantizar el avión, el aeropuerto, y el traslado de treinta kilómetros de distancia desde Rawson a Trelew. Para ello, hice un trabajo previo, fui a Chile a buscar un aeropuerto alternativo. Allende era presidente y nos iba a permitir un aterrizaje del vuelo, que fue lo que después ocurrió, luego de la masacre. El objetivo era el avión, el aeropuerto y el traslado de los compañeros. Dispusimos y expropiamos varios vehículos: dos camioncitos, una camioneta F-100 y dos autos. Para el avión decidimos que el “Gallego” Fernández Palmeiro y “el Petiso” Ferreyra fueran quienes tomarán el avión que hacía escala en Comodoro Rivadavia, Trelew y Bahía Blanca hasta Buenos Aires. Eso salió perfecto. Teníamos mucho cuidado con la cuestión del aeropuerto y el avión porque viajaba mucha gente militar, de la represión: Servicio Penitenciario Federal, gendarmería, marina, etc. Todos los que viajaban se concentraban en esa zona, tomaban el avión en Trelew y la mayoría eran milicos. Estábamos concentrados en ese problema y para mí punto de vista, en cuanto a mi participación, ese lugar de apoyo externo era el que yo tenía que ocupar para manejar mejor la situación. Consideré que el objetivo más problemático era el aeropuerto. Fue acertada esa resolución, obviamente no pensé que los compañeros no iban a ver la señal ni se iban a ir del modo en que lo hicieron. Pienso que se asustaron y, por eso Lewinger, no entró. Yo estaba en el aeropuerto junto a una compañera, que luego se fue en el avión, para tomar el aeropuerto cuando el grueso de los compañeros llegara. Estábamos en un auto, estacionado afuera del aeropuerto, llega Lewinger y me informa que se había “podrido”, y que tomemos el avión. Ese era el plan que teníamos, tomar el avión para salir de la zona. Pero apenas me dice eso, llega González Tanganica, otro compañero de las FAR diciendo: “¡Vamos boludo! ¡Vamos que nos están esperando!”. Habían hecho veinticinco kilómetros y no había podido alcanzar a Lewinger. Me di cuenta que se habían equivocado y los compañeros nos estaban esperando. En ese instante resolví ir con este compañero al penal. Hicimos otros veinticinco kilómetros, por un camino horrible, y cuando llegamos cerca del penal ya estaban los milicos tirándose panza arriba y rodeando la zona. Yo pasé como que era uno de ellos, saludaba, pero ya estaban las fuerzas represivas ocupando el terreno. Decidimos ir de nuevo al aeropuerto. Eran veinticinco kilómetros de una ruta asquerosa, algunos trechos de ripio. Cuando llegamos de nuevo al aeropuerto ya estaba ocupado por la marina. Estaba el Capitán Sosa, el que se comprometió a garantizar la vida de los compañeros si se entregaban.

El núcleo que se escapó del penal y luego tomó el avión, lo pudo hacer porque el compañero de las FAR logró entrar con el Falcon, un auto grande donde cabían seis personas. Él pudo entrar al penal porque vio la señal. El resto se retiró porque consideró que el responsable se asustó al escuchar el pequeño tiroteo donde murió un guardia cárcel. Pero, no se había “levantado la perdiz” porque había sido un tiroteo en el interior del penal. Se asustaron porque escucharon el tiro y dijeron: “¡Bueno, se pudrió todo!” y se fueron. Pero el chico que entró con el auto recogió al “Roby”, el “Pelado”, el “Gringo”, a Vaca Narvaja, Osatinsky y Quieto. Eran seis y no podían llevar más. Se fueron y les dijeron que pidieran taxis. Consiguieron tres taxis, no había muchos más y fueron diecinueve compañeros. Estos diecinueve fueron los que no llegaron al avión y luego se entregaron. Los fusilaron y sobrevivieron tres que quedaron gravemente heridos, los dieron por muerto.

Cuando volvimos de Rawson, el aeropuerto estaba totalmente rodeado con tanquetas, de todo. Nos retiramos por un camino para ganar la cordillera. A los cuarenta kilómetros, el compañero perdió el control y volcamos, a velocidad por ripio es como manejar en la nieve, no hay estabilidad. Al rato pasó un camión y lo paramos para “apretarlo”, pero el camionero estaba con una señora y dos pibes. Le digo a mi compañero: “¡Andá a buscar ayuda! ¡Y después vení a buscarme!”. No pasó más nada por aquella ruta, de casualidad había pasado ese camión, era todo un desierto. Él se subió y luego los agarró una “pinza policial”. Se bajó diciendo que iba a orinar y se escapó. Ahí le dan el alto y se tiroteó con la “Yuta”. El compañero hiere a un “cana” rozando el disparo en la oreja. Después el policía va a dar cuenta ante mí, sorprendido de la acción diciendo: “¡No me quiso pegar! ¡Cómo están preparados estos tipos!”. Definitivamente el compañero se escapó. Se metió por las quintas y una vieja le dió asilo. Era una señora de una Unidad Básica, que era de derecha, pero se solidarizó. Lo escondieron junto con unos abogados de la zona, en un entretecho por un mes hasta que pudo salir.

“Los guerrilleros nunca se enferman”

A mí me agarraron. Yo había quedado mal del vuelco, con una conmoción, sin fracturas ni heridas, estaba mal, ya venía engripado, escupiendo mucosidad media verde y tenía fiebre. Pero como se sabe, “los guerrilleros nunca se enferman”. “El Che” era asmático y era mi ejemplo. Cuando llegó la policía, estaba armado y podría haber resistido. No tenía sentido, ellos estaban con fusiles FAL y me iban a “cagar matando”. Me la jugué, levanté los brazos y me pegaron una cagada a palos. Pero, era la policía de la provincia, no me agarró la policía Federal ni la Marina. Resucite, no me mataron, como sería luego una práctica habitual por las fuerzas de represión contra militantes armados que se entregaban. En ese momento, las policías provinciales no estaban acostumbradas, como mucho, lidiaban con robos de una gallina, mandaban a los borrachos a barrer la comisaría y no pasaba más que algún que otro incidente. Un pueblo de veinte mil habitantes en una ciudad que era la capital de la provincia.

La cuestión es que me agarraron y me llevaron a la comisaría tercera. Era “la joya” y nadie me quería entregar a la Marina. ¿Por qué me vinieron a buscar? Después cayeron otros compañeros, los tres de las FAR, cerca de Madryn. Entonces hubo una disputa entre la policía provincial y la Marina. Porque como decretaron toda la región zona militar me iban a llevar a la base de la Marina. De hecho me vino a buscar el Capitán Sosa. Me dijo, mientras se sacaba el casco: “¡Cómo nos jodieron! ¡Realmente la operación fue buena, pero no se cumplieron todos los objetivos! ¡Pero, yo te voy a enseñar cómo se lucha contra el imperialismo!”.

La misma noche en que asesinan a todos/as, entre las veintiuno y veintidós horas de la noche, él fue a buscarme a mí y a los otros que estaban presos para llevarnos a la base. Pero, como estábamos a cargo del juez y no les dieron los papeles, no pudieron sacarnos de la comisaría. El Capitán Sosa ya estaba diciendo y amenazando que iba a matar a los compañeros/as.

Luego de la Masacre, el día veintidós de agosto, me llevaron al penal. Yo había caído el dieciséis, siete días antes. Cuando yo llego, ya estaba todo en orden y todos sancionados por la fuga. Ya había cumplido los diez días de incomunicación, por haber caído preso legalmente, cumpliendo los siete días en la comisaría y tres más en los “chanchos” (Celdas de Castigo) de Rawson. Después de esos diez días, me llevaron al pabellón general donde estaban los demás. Ahí me vienen a saludar quienes me conocían y me decían: -“¡It´s Red (por lo de Colorado), it´s red!”, porque estaban “encanutados” (en celdas individuales o frente a requisas carcelarias).

Luego frente al Juez Quiroga, que era de la cámara tres Federal, le digo: “¡No voy a declarar! ¡Me parece indigno hacerlo! ¡Luego de la Masacre de mis compañeros y compañeras!” Él me dice: “¡Se habían intentado fugar de la base militar!” Le contestó: “¡No estaban armados! En cambio, en el aeropuerto, sí lo estaban y se hubiesen podido fugar! Pero sabían que los iban a enfrentar y eso hubiera sido un enfrentamiento con las tropas y los soldados. Y para evitarlo se entregaron pacíficamente. ¡Para mí sería muy indigno declarar!”. Yo podría haber dicho que era inocente, pero no tenía ningún sentido frente a lo que había sucedido en la Base Almirante Zar de la Marina. El juez estaba medio avergonzado, pero tampoco era revolucionario ni nada que se parezca. Pertenecía a una familia tradicional y oligárquica, pero no estaba acostumbrado a esas cosas.

¿Qué enseñanza habíamos aprendido de aquella operación?

Desde el punto de vista operativo cometimos un error fundamental. Autocríticamente íbamos a la operación por orden del Partido, yo no estaba convencido de que la operación iba a tener éxito en cuanto a la toma del penal. Pero, iba por disciplina, porque era un tipo que buscaba un objetivo y le metía pata. Mi estado de ánimo se reflejaba en el resto de los compañeros.

Los compañeros de las FAR que decían que íbamos “al muere”. Porque era una zona en la que no había nada. Un cuartel con su pueblo, algún almacén y los servicios básicos para la poca gente que habita el lugar. No había fábricas, sólo una de pescado en Rawson compuesta por cincuenta pescadores que tenían una cooperativa. Concentración fabril, recién en Puerto Madryn, a cuatrocientos kilómetros. Y en Comodoro Rivadavia, una concentración de población mayor. Era como ir al desierto. Lo hacíamos con alegría porque luchábamos por un mundo mejor y si había que sacrificarse lo hacíamos.

Lo determinante fue que los camiones no entraron al penal, ahí fracasó la operación. Lewinger dijo que no entraron porque no vio la señal. Él era el responsable de los camiones. Pero, el pibe del auto había entrado y estaba en la cola para entrar. Se habían ubicado los vehículos, de tal manera que no levantara sospecha. En un pueblo así, no podés poner cuatro vehículos, uno detrás del otro. Se habían ubicado a cuatro o dos cuadras de distancia entre sí. Entonces entró el que luego llevó al pelado, al “Roby” y los demás que luego se fueron en el avión. Era sencillo porque tenían que entrar a un patio de tierra que estaba por fuera de la cárcel y es donde se produjo el breve tiroteo cuando estaban en el tramo final de la fuga.

Para mí se “cagó” el compañero, pero no entiendo, ya estando jugado, tenés que decir: “¡Patria o muerte!” Es muy de cuarta cagarse en esas circunstancias. Tenés que tener ideología. Lewinger era el hermano del Chacho, jefe de las FAR. No se podía, entre organizaciones distintas, pedir por tal o cual compañero y compañera. Cuando compartís alguna actividad mandaban al que cada organización decidía. En este caso, le pedí al Chacho Lewinger, jefe de las FAR, que mande a Julio Roqué porque lo conocía de haber operado juntos antes. Era un tipo maravilloso y con una gran valentía. Pero, el Chacho me dijo que estaba ocupado con otra cosa. A Lewinger lo conocí ahí mismo, no sabía cómo era operativamente. Confié en que era el hermano del Chacho. Estaba como responsable del grupo de FAR que estaba con los camiones. Él informó al grupo que “se había podrido todo, debíamos ir al aeropuerto y tomar el avión que se pensaba secuestrar”. Apenas llegó al aeropuerto, me decía a los gritos: “¡Hay que tomar el aeropuerto! ¡Se pudrió todo!” Justo detrás de él, a treinta metros, González Tangananica, gritando: “¡Vamos! ¡Vamos! ¡Boludo que está todo bien! ¡Hay que volver!”. Ahí me doy cuenta que habían metido la pata. Eran dos camiones, una camioneta F-100 y un auto. Lewinger con un camioncito, para cuarenta personas apretadas, porque “no íbamos a necesitar azafata”. El de la camioneta lo siguió pero no lo pudo alcanzar hasta el aeropuerto. Ahí fue cuando me fui para el penal. No voy a militar contra él (Lewinger). Cada uno tiene que sacar su conclusión, de cada organización. Si luego hubiéramos tenido que hacer otra operación en conjunto, como asaltar un cuartel, y me mandaban de nuevo a este compañero yo hubiera contestado: “¡Dejá, la hacemos solos!”

La operación había sido casi perfecta en la toma del penal. Lo habían copado por completo. Hubo sólo dos tiros, porque uno de los “canas”, que fue abatido, los había reconocido a los compañeros y se parapetó armado para evitar que terminaran de fugarse. Pero, antes habían reducido a todos los oficiales sin haber tirado un solo tiro. Los tratábamos bien pero con energía.

Luego de la Fuga los “Yugas” (guardiacárceles) tenían un “tratamiento especial” conmigo porque me hacían responsable de la muerte del guardiacárcel, Valenzuela. Pero bueno, esos son “gajes del oficio”. Yo no me quejo de eso porque el enemigo está para eso, para mortificarte, para hacerte daño y desmoralizarte. Nunca perdimos la moral. Nos habían encerrado en celdas, solos. Teníamos nuestra propia rutina y ellos se “cagaban de odio”, porque sólo querían que hagamos lo que nos ordenaban. Tampoco comíamos vidrio y regulábamos eso. Por ejemplo, cuando estábamos en el patio, nos decían: “¡Troten, troten!” Nosotros, en cambio, caminábamos. Pero, luego, empezaban a pegarnos y exigirnos, íbamos negociando y hacíamos un “trotecito”, pero nunca bajábamos la guardia. Cedíamos cuando estábamos perdiendo más, de lo que ganábamos moralmente. Siempre nos mantuvimos organizados.

La masacre fue un crimen horrendo que yo me enteré en la Comisaría. No me permitían acercarme a la reja, pero cada tanto, disimulaba que iba a orinar, y me acerba. Un preso común tenía una radio y fue quién me dijo: “¡Mataron a los compañeros!”. Empecé a recordar a los compañeros y compañeras que conocía. A “Cacho” (Mario) Delfino, era el que me había “meloneado” a mí. Aunque en realidad nos “meloneamos” ambos, para entrar al Partido años antes. Estábamos en el mismo “equipo”, él cayó durante la operación en la toma de la comisaría vigésima de Rosario que hicimos juntos, en un operativo conjunto ERP y FAR, pero estábamos en comandos separados. El comando mío zafó, pero él cayó junto al Zurdo Suarez, Britos, Elvira Dentesano (de FAR) y otros. Yo había participado con dos hermanos (el “Soviético” y el “Tuerca”) de apellido González. Uno de ellos un gran chofer que nos sacó de aquel embrollo. También había un compañero de origen Peruano, y origen Japonés, apellido Watanabe. Tiempo después volvió a Perú. Por último, estaba un compañero de apellido Portillo. Resulta que Cacho Delfino era un gran compañero. Tenía una anécdota con él que siempre me acuerdo, porque era característico porque tenía una tartamudez. Una vez me dijo: “¡Anda a comprar esté, esté, esté…harina!”. Teníamos que elaborar unas velas con las que hacíamos muchas pintadas. Fui y compré harina. Cuando llegué me dijo: “¿Qué hacés bo-boludo? ¡Qué vas a hacer con eso! ¡¿Bizcochos?!” Y le contesté: “¡Si vos me pediste HARINA!”. Me responde: “¡Noooo, estearina, que es para hacer velas!” Se reían todos los compañeros.

A mí los veintidós de agosto me siguen produciendo mucha conmoción. Conocí a muchos de ellos. Al “Gringo” Toschi, a “Pucho” Suarez, a “La Sayo”, a Clarisa.

Clarisa (Lea Place) estaba destinada a fracasar en la fuga. Porque tiempo antes habíamos formado un comando con “el Pelado” y “Bartolo”. Estaba en el Buen Pastor detenida. Ahí había unas monjas. La celda donde estaba la llave la tenía una monja y Clarisa tenía que garantizar esa llave. Pero, cuando la monja nos vio, tiró la llave hacia un patio que estaba dentro del enrejado y no podíamos abrir la celda donde estaba la compañera. Yo, con cara de malo, agarré a la Monja para que me diera la llave, pero la había tirado. Clarisa, desde dentro de la reja, me pide mi pistola. Le digo: -“¡No! ¡Te van a matar!”. O la mataban adentro o se la iban a dar cuando saliera. En el entredicho se me escapó un tiro, le di a Clarisa en el brazo, fue superficial y ella me decía:“¡Seguí! ¡Seguí! ¡No es nada!”. Cuando llegábamos, ella se tendría que haber abalanzado contra la monja para sacarle la llave, y al no hacerlo se complicó todo. Le pedí al “Negrito” Fernández (Compañero histórico de la FOTIA) que me pasara la “metra” (Ametralladora) para darle a la cerradura de la celda. Pero, no andaba porque el negrito había puesto al revés. ¡Eso que el negrito había hecho cursos en Cuba y en la URSS! ¡Nos pusimos entre los dos intentando sacar el cargador! ¡Parecíamos la Armada Brancaleone! Logramos colocarlo bien, la monté y empecé a disparar contra la cerradura. La agujereamos, pero salían rebotes por todos lados y podía matar a alguien. Había una sala de visita con mujeres que empezaron a los gritos. Mientras “el Pelado” estaba corriendo a un “Cana” que se había metido en un cuarto. Por suerte no cayó nadie en cana, pero no retiramos a ninguna presa. Clarisa me decía: “¡Seguí! ¡Seguí! Pero no había caso. Pobre compañera parecía destinada a no poder fugarse. Luego, hubo otra fuga y las compañeras lograron escapar, pero a Clarisa ya la habían trasladado a Rawson. Los veintidós de agosto me cuestan mucho, se me ve taciturno, siempre. Pero bueno, la lucha continúa.


Jorge “Colo” Marcos es un sobreviviente de la lucha de los pueblos por la emancipación obrera y popular que se desplegó durante el auge revolucionario, entre los años comprendidos en las décadas de los sesenta, setenta y parte de los ochenta. A pesar de las duras y difíciles condiciones de vida de su familia, siempre buscó superarse mediante el estudio y el trabajo.  Crece en hogares de niños y adolescentes. Comenzó como obrero textil, desde muy joven, luego trabajador precarizado municipal y otros trabajos informales. Mientras se esfuerza por estudiar Ingeniería, la Dictadura Militar de Onganía, instaurada desde 1966, empieza a tambalear frente a grandes rebeliones populares en varias ciudades del país. En ese marco, participa de los Rosariazos (1968) y se incorpora al naciente Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).  Forma parte de los primeros comandos armados contra la dictadura  militar, previo a ser delegado en el Vº Congreso del PRT  (1970) donde se funda el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Abocado totalmente a la militancia, protagoniza, desde el frente militar, el desarrollo del PRT-ERP en la regional Rosario, tanto en las barriadas populares, como en el movimiento obrero y estudiantil. Realiza trabajo político sobre el SMATA de Córdoba y se integra en la incipiente experiencia de la Compañía de Monte del ERP en Tucumán. Por su militancia contra las Dictaduras y por el Socialismo fue encarcelado dos veces. Después de cumplir diez años de condena, en 1984 salió en libertad. Reagrupa fuerzas con sobrevivientes y participa con los grupos internacionalistas que colaboran con la Revolución Sandinista. Regresa a la Argentina, para sumarse a la experiencia del Movimiento Todos por la Patria hasta su forzada disolución. Al día de hoy continúa participando en organizaciones de ex presas y presos políticos.


[1] Ariadna Guerrero y Mario Bortolotto, “AVOMPLA”. Historias de un guerrillero. Jorge “Colo” Marcos, Rosario, 2021, 120 p.