1. Introducción: convergencia de crisis

Asistimos a una crisis histórica del capitalismo. El Covid-19 ha tenido un impacto enorme en la salud a nivel internacional y un efecto paralizador de la economía mundial. Pero la pandemia no es el único responsable de la crisis actual. Lo que se observa es la convergencia de tendencias de largo plazo, que se habían desarrollado de modo parcialmente autónomo, y que ahora están convergiendo de manera explosiva: la crisis ecológica, la crisis de los sistemas políticos y del orden mundial heredado de la década de 1990, la disputa geopolítica entre el imperialismo norteamericano declinante y el ascenso de China, junto a una economía mundial que previamente a la pandemia ya mostraba serios indicadores de deterioro luego de la recuperación débil que siguió a la crisis de 2008-9.

Esta situación da lugar a una crisis social y a una inestabilidad política comparable a los periodos de grandes cambios del capitalismo (1914, 1930, 1945, 1973). Las revueltas populares, el ascenso de la extrema derecha, la crisis de los partidos tradicionales, la desafección social y política, la crisis de la reproducción social y el ascenso del movimiento feminista, son síntomas de un mundo que atraviesa un largo proceso de transición. Lo que nos espera al final de esta nueva “gran transformación” es todavía una incógnita: ¿neoliberalismo autoritario? ¿capitalismo “con valores asiáticos”? ¿alguna forma de New Deal keynesiano? ¿El renacimiento de un proyecto emancipatorio a escala de masas? Es todavía prematuro para hacer pronósticos sobre la crisis en curso. Lo que sabemos es que asistimos a una ofensiva capitalista, acompañada por fuertes niveles de inestabilidad política y una crisis de hegemonía del neoliberalismo, lo que conduce a movilizaciones, e incluso explosiones sociales de gran escala.

2. Situación política nacional

Nuestro país, por supuesto, no escapa a este cuadro global. La crisis sanitaria convergió con una crisis social y económica que empieza a acercarse a los niveles de 2001-2. La recesión tuvo su origen en el gobierno de Mauricio Macri y el impacto de la pandemia tuvo un efecto devastador sobre la economía nacional, pero el gobierno actual tiene su parte de responsabilidad en el agravamiento de la crisis y en el deterioro de la vida de las clases populares. Situación agravada por la subordinación al pago de la deuda, especialmente en el caso de la negociación con el FMI, que agrava la dependencia del país a la dominación global. Más allá de algunas medidas parciales positivas, el gobierno de Alberto Fernandez incumple el mandato social de aquellos sectores populares que, equivocados o no, depositaron en él sus expectativas de detener el ajuste macrista.

En este contexto, gana terreno la super-explotación, la precariedad y la individualización de la clase trabajadora. El trabajo de plataformas, el retroceso de la capacidad adquisitiva del salario, el aumento del desempleo, la recarga del trabajo reproductivo feminizado, configuran una situación de retroceso objetivo para quienes viven de su trabajo, y que no ha tenido hasta el momento una respuesta social a la altura de la tradición de lucha de nuestra clase trabajadora. Las restricciones sanitarias todavía inhiben las posibilidades de la acción colectiva pero la desmovilización actual también responde a la adaptación mayoritaria de las direcciones sindicales y sociales al gobierno. Los enormes levantamientos populares que conmovieron a distintos países latinoamericanos (Chile, Ecuador, Perú, Haití, Colombia, entre otros) anuncian saludables nuevos aires y un contexto de lucha de clases más aguda, de la cual es probable que nuestro país no quede aislado.

Pese a todas las concesiones, no obstante las clases dominantes siguen sin reconocer al gobierno actual como propio, o como su opción predilecta. Sumado a esto, la heterogeneidad de la coalición de gobierno le impide convertirse, al menos por el momento, en un instrumento directo de los grandes capitales, como fue el peronismo de los 1990. De allí provienen sus tensiones con las clases dominantes, la polarización con la derecha y una dinámica general de gran inestabilidad política.

En un contexto nacional e internacional desfavorable, y afectado por un paulatino desgaste, el gobierno conserva, sin embargo, una base popular significativa y el apoyo de la mayor parte de los movimientos sociales y los sindicatos. A su vez, ha sido capaz de realizar concesiones sociales y democráticas que lo diferencian del gobierno derechista precedente (legalización del aborto, impuesto a las grandes fortunas). Esto exige por parte de la izquierda un enfoque no sectario, que combine la independencia política con apoyos a las medidas positivas y una amplia unidad de acción (que incluya a las organizaciones populares que apoyan al gobierno) contra el asedio derechista (que incluye a sectores presentes en la coalición de gobierno). Solo de esta forma puede emerger una nueva izquierda que pueda dialogar con las bases sociales, populares y militantes del ciclo kirchnerista y romper el “techo de cristal” que afecta históricamente a la izquierda anticapitalista de nuestro país.

¿Cómo responder políticamente a este cuadro?  Vivimos en un país que cuenta con reservas sociales y políticas muy significativas: una fuerte clase obrera, un explosivo movimiento feminista, un inédito sector de la “economía popular”, organizaciones ecologistas, empresas recuperadas, entre otros movimientos sociales. Sin embargo, el terreno de la alternativa política sigue polarizado entre la adaptación a un “gobierno progresista sin progresismo” y una izquierda de características sectarias y dogmáticas. Es necesario comenzar a tomar iniciativa y construir un nuevo movimiento político.

3. ¿Qué herramienta política necesitamos?

  • Una organización popular, enraizada genuinamente en las luchas y los movimientos populares y que coloque el centro de gravedad de su actividad en la construcción de un poder social, popular y democrático.
  • Una organización verdaderamente feminista, que ponga en el corazón de su proyecto la lucha contra el patriarcado y contra todas las formas de dominación provenientes de jerarquías de género. Que pueda desarrollar un feminismo popular que cuestione las propias prácticas militantes y se involucre en el combate a las distintas formas en que el machismo y el sexismo atraviesan a nuestra sociedad.
  • Una organización anticapitalista, que luche por la superación revolucionaria del capitalismo, a la vez que reconoce necesario reinventar el socialismo. Tanto porque es urgente reinstalar a nivel de masas la posibilidad de una alternativa socialmente viable al capitalismo, como porque es preciso reconstruir nuestro proyecto de sociedad y emanciparlo definitivamente de las pesadillas burocráticas que usurparon su nombre durante el siglo XX.
  • Una organización ecosocialista, que sea consciente de la crisis ambiental desastrosa, a punto de volverse irreversible, a la que el capitalismo nos está conduciendo. Y que se integre a los nuevos movimientos ecologistas que están señalando la urgencia de la emergencia climática que vivimos. No hay socialismo sin un cuestionamiento del productivismo capitalista.
  • Una organización que combata en todos los terrenos, tanto en la lucha de masas como en la disputa electoral, en los sindicatos y en el campo cultural, en los movimientos sociales y en la batalla de ideas.
  • Una organización que jerarquice el combate contra las opresiones, e incorpore a su proyecto la lucha contra todo tipo de discriminación racial, territorial y religiosa.
  • Una organización honestamente democrática, autogestionaria e inclusiva, que se distinga de una cultura política local acostumbrada al caudillismo personal, al monolitismo partidario o a la “tiranía de la falta de estructuras”, es decir, los liderazgos informales que emergen en organizaciones que pregonan la horizontalidad y la descentralización, pero consagran direcciones invisibles por fuera del control democrático.
  • Una organización unitaria, frentista y pluralista, que pueda contener a un conjunto amplio de agrupaciones y tradiciones, sin que ninguna tenga que disolverse organizativamente, ni resignar su historia ni su identidad.
  • Una organización latinoamericanista, que se nutra de las mejores tradiciones revolucionarias y de lucha de los pueblos de Nuestra América, y luche por una integración regional antiimperialista y un nuevo internacionalismo de los pueblos.

4. Por lo tanto, proponemos empezar a agruparnos para:

  • Constituir grupos de base y colectivos, con militantes provenientes de diferentes tradiciones y experiencias políticas, que puedan empezar a discutir la necesidad de construir un nuevo instrumento político.
  • Constituir un espacio promotor que tome el trabajo de acercarse a agrupaciones, colectivos, organizaciones sociales, políticas, ambientales y activistas; y que empiece a generar contacto y tejido militante a través de charlas, talleres, espacios de formación y actividades comunes a lo largo del país, haciendo un trabajo organizativo de vinculación y construcción de confianza colectiva.
  • Iniciar el proceso constituyente de una nueva herramienta política. Un movimiento político que esté a la altura de los desafíos que se nos presentan debe ir mucho más lejos que nuestras fuerzas actuales. Necesitamos iniciar un proceso de construcción democrática, a partir de iniciativas y discusiones locales, que reagrupe organizaciones políticas, corrientes sindicales, militantes independientes, intelectuales, y que sea capaz de construir una nueva herramienta política en el transcurso de este año.                        
  • Una asamblea general que empiece a discutir y perfilar los contornos de esta nueva herramienta política está prevista para el mes de marzo.

Firmas: https://nuevoproyectoemancipatorio.com.ar/