Rozitchner, entre el marxismo y la subjetividad

Por Lucas S.

Hoy, 24 de septiembre, se cumplen 96 años del nacimiento de Leon Rozitchner, filósofo de izquierda argentino. Su filosofía no puede quedar olvidada. Recordarlo es necesario porque creo que hay una actualidad, una vigencia, de su pensamiento. Desde la izquierda es aún más importante leerlo, tanto para entender sus ideas como para desarrollar los problemas y las preguntas que le quedaron pendientes y que siguen latiendo en la realidad social y en la teoría política.

Una de ellas, la que lo acompañó durante toda su vida, fue la exploración sobre la subjetividad dentro de la teoría marxista, es decir, contra qué interioridad combate la teoría revolucionaria y qué tipo de persona elabora en su lugar. Es una búsqueda del lugar de la subjetividad, que encuentra en Marx en los manuscritos de 1844 y en los grundrisse, con puntos que el mismo Marx plantea y otros que deja impensados, pendientes de elaboración. Entre estas dos series de puntos se ubica Rozitchner. Como el marxismo es deudor de una teoría profunda sobre el estado, tarea que no llegó a culminar Marx, también lo es, en algún punto, de una teoría sobre la subjetividad. A esos espacios vacíos, o en borrador, o en suspenso es que apunta el pensamiento de Rozitchner.

Esta constante se encuentra desde una de sus primeras obras, La izquierda sin sujeto, hasta en su último trabajo, Materialismo ensoñado. Es una apuesta por poner en juego la subjetividad en el proceso revolucionario, en pensar las militancias y lxs sujetxs que las realizan y que, en el mismo proceso, van transformando su propia persona y combatiendo la lógica burguesa en que se formaron. Desde Cuba escribe el primer trabajo que mencionamos, allá por el año 68’, en la primera década de la revolución. Responde a una discusión con su amigo John William Cooke planteando, entre otras cosas, lo negativo de la experiencia peronista en Argentina por el hecho de no cuestionar la base material y subjetiva de la constitución de clases de nuestro país. En este sentido, para Rozitchner el peronismo significaba un retroceso en la lucha de clases porque intentaba conciliarlas, oscurecer la evidencia de la disputa entre burgueses y proletarios. Y esto, en consecuencia, no permitía problematizar la propia subjetividad.

Describe, en La izquierda sin sujeto, una separación entre una interioridad privada y una exterioridad pública. En lo exterior aparecen las relaciones de producción, la ley del valor y las mercancías. Este es el orden objetivo, de las cosas. En el otro lado se ubica el plano subjetivo de la personalidad, las emociones y los sueños que queda relegado al encierro, al ámbito privado donde se cuela la moral burguesa y cristiana. Rozitchner va a decir que esta escisión se sostiene por el mismo capital, donde puede entenderse la enajenación y alienación como claros casos de este mecanismo, en que el campo de las cosas es privilegiado y domina sobre lo subjetivo. A lo largo de los años, y hasta su último trabajo, irá más a fondo en su investigación proponiendo que este proceso es el resultado de la dinámica teológico-política del cristianismo que el capital aprovecha a su favor secularizando dicha estructura. Así entendido, la culpa, el perdón, lo pecaminoso, el castigo, la esperanza divina, como el campo abstracto de las ideas que se desentienden del cuerpo y de la vida, son herencias cristianas que mantiene el capital para su beneficio.

Este trabajo no deja de ser crítico con algunos sectores de izquierda, por algo los nombra en el título. Dicha izquierda no estaría desprovista de sujeto, en el sentido del sujeto revolucionario, sino en el carácter y en el valor dado a la subjetividad. De esta forma se distancia y critica a las lecturas marxistas que replican la misma prioridad del plano objetivo de las relaciones de producción por sobre la subjetividad de las personas que forma parte de tal estructura. Plantea que esta perspectiva sigue sosteniendo la división cristiana y burguesa de la separación entre los objetivo y lo subjetivo, separación que niega la vida de lxs sujetxs al ponerlas en función de las leyes de producción. En cambio, una revolución debería unir estos ámbitos diferenciados y contemplarlos como parte de lo mismo. Su expectativa y confianza es que eso suceda en Cuba, donde se encuentra en ese momento.

No solo se queda ahí, sino que en Materialismo ensoñado se aventura a profundizar un poco más. Intenta buscar el momento originario previo a la escisión, donde lo subjetivo y objetivo aparecen indiferenciados. Y lo encuentra en la relación primaria entre lx niñx y la madre, en la totalidad del pecho materno. Aquí se apoya en la teoría psicoanalítica de Freud para pensar lo político, cruza lo psicológico, lo político y un tipo de materialismo, que es el nombrado en el título del libro. Este entrecruzamiento da como resultado su materialismo ensoñado, una suerte de momento originario de la vida, con la madre, donde se da la totalidad que junta al sentimiento y la idea, el afecto y el concepto, la percepción y la palabra, lo subjetivo y lo objetivo. Donde la voz, la palabra, de la madre está colmada de sensación, donde significado y significante son una misma cosa, donde el sueño desborda lo material, se vuelve una especie de materialidad. Es un plano en que se confunde lo uno y lo otro, o en que son lo mismo. Es el espacio de una inmanencia material total.

Este momento originario se quiebra por medio de una fuerza abstractiva. Esta va a ser la ley patriarcal que disuelve el conjunto y postula una abstracción trascendente en su lugar: Dios. Se separa lo que antes estaba unido, el afecto y el concepto, y las ideas vagan solas como fantasmas en su propio plano inmaterial. La inmanencia se pierde en una trascendencia. De la materialidad como totalidad reunida se pasa a una separación idealizada. Todo el compendio de dioses no son más que abstracciones, ideas desprovistas de todo contacto, de cualquier cercanía con el cuerpo. Dichos fantasmas no tienen vida, no hay vitalidad en tales conceptos porque lo vivo radica en la materialidad del cuerpo y éstos están desconectados de él. Por lo tanto, estas ideas niegan la vida, suponen un nihilismo de la existencia.

Esta separación producto de la ley patriarcal se traslada a la religión, al cristianismo, como también a aquella tradición filosófica idealista que Marx critica en La ideología alemana, y luego de forma secularizada al capital. Su modelo es un continuo que persiste actualmente, el desprecio del cuerpo es una muestra de eso. No hay cuerpo que valga, el cuerpo es una carga, un estorbo, la prisión del alma que es pura, el cuerpo debe ser castigado por el pecado o puesto a trabajar por el mercado. Las palabras cambian, su aplicación es otra, pero la estructura y los fundamentos que la sustentan son los mismos.

A pesar de todo esto, ese primer momento aún perdura, tiene sus resonancias. Del encuentro material con la madre surge otra materialidad, la ensoñada. Parece una antinomia hablar de materia y de sueño por su evidente contrariedad. Pero, retomando a Althusser, quien parafrasea a Aristóteles, podemos decir que la materia se dice en muchos sentidos y uno de esos es la ensoñación. Esta materia ensoñada es la base desde la que se componen las emociones e imaginaciones. Rozitchner quiere decirnos que el conjunto de sensaciones, sueños y fantasías siguen vinculadas con el cuerpo al haber formado parte de esa primera totalidad. Totalidad que fue deshecha pero que hay que volver a reestablecer.

Si en La izquierda sin sujeto Rozitchner nos decía que había que considerar y disputar la subjetividad que estaba desvalorizada frente a la objetividad, en Materialismo ensoñado nos recuerda que esa disputa atraviesa al cuerpo y que se requiere tener en cuenta ese tipo de materialidad en el campo político, es decir, que la teoría, que las ideas, que la política se sientan, se vivan, desde y con el cuerpo. No son abstracciones, como nos hace creer la fuerza abstractiva de la ley patriarcal, sino que son resonancias del cuerpo materno. Lo que se supone que está aprisionado en el interior, las imágenes ensoñadas, en contraposición a lo exterior, el plano de las cosas, son una y la misma cosa que fue escindida para el provecho patriarcal, religioso y mercantil. 

La propuesta de Rozitchner sobre la separación de lo subjetivo y lo objetivo por medio de la ley patriarcal puede llevarse al plano económico político. Aprovechando tal división se iguala sujeto y objeto en detrimento del primero, el sujeto se pone en el lugar del objeto, se cosifica, se vuelve una cosa. En la dinámica del capital, en sus leyes de producción, esta escisión da lugar a la enajenación y alienación, no son más que variantes, actualizaciones nuevas. La lejanía con el trabajo y con su producto es como una modalidad de la abstracción con la idea. La producción no es del trabajadorx en la misma medida en que el concepto tampoco lo es. Hay una vinculación entre enajenación y abstracción en donde lo que se produce no se corresponde con lx sujetx, está en función del mercado o de una trascendencia. Lo mismo pasa con la alienación, el cuerpo del trabajadorx está desprovisto de vida, no importa, solo vale como mercancía, como cosa, y como mano de obra para la producción.

A partir de esta concepción Rozitchner nos propone algo. No hace filosofía como mera abstracción en la discusión conceptual del campo de las ideas, todo lo contrario. Fiel a su teoría, sus ideas pueden concatenarse con la materialidad de la vida y de lo político. Como si nos ilustrara con su ejemplo a comprometer nuestra subjetividad en estos dos ámbitos. No podemos relegar y seguir aprisionando a la subjetividad en una interioridad privada, tenemos que ensayar formas de volcarla en el exterior. De no hacerlo, las mercancías nos seguirán asfixiando y moldeando con su espectáculo fetichista. No alcanza solo con cambiar las relaciones de producción si no se modifican lxs sujetxs de la misma. Rozitchner piensa en la misma línea que Guevara.

Un logro de Rozitchner es conjugar filosofía y política en la misma sintonía en que lo hizo Marx. Una de sus frases más conocidas clarifica esta unión: “Cuando el pueblo no se mueve la filosofía no piensa”. Aquí lucha y pensamiento están completamente relacionados, una empuja al otro. En el mismo sentido podemos concebir que estas ideas y esta recuperación de Rozitchner no hubiese sido posible sin las luchas que las hicieron despertar para volver a pensarlas. La experiencia feminista es clave cuando entiende y formula que lo personal es político. Concretiza o, mejor dicho, permite pensar sobre lo que venimos escribiendo, sobre esa disputa por la subjetividad. Esa personalidad es política en cuanto que está atravesada por las estructuras patriarcales, cristianas y capitalistas, todas resultantes de la escisión entre lo subjetivo y lo objetivo. Esta lucha se anima a poner el propio cuerpo y la personalidad como eje a transformar, lo que aspiraba Rozitchner se realiza, se pone en juego la subjetividad y se ve modificada en el proceso político.

La síntesis de esta recuperación de Rozitchner me deja en la misma pregunta que a él lo obsesionó para seguir investigándola y ensayando hipótesis: ¿cómo implicar la subjetividad escindida en la transformación política? Es una interrogante que contiene varios desafíos: el modo de integrar lo interno y lo externo, lo subjetivo y lo objetivo, la forma en que imaginamos y concebimos las salidas contra el capital, el lugar de nuestro cuerpo en la lucha y en la vinculación con las ideas. Es una cuestión que deja muchos puntos en suspenso como los lugares impensados que Rozitchner buscó en su lectura de Marx y que nosotrxs ahora indagamos en ambos.

La mejor forma de recuperar a Rozitchner hoy es sensibilizarse, dejarse afectar e impactar por el proceso político en que unx decide embarcarse e involucrar lo más propio de sí mismo en él, la personalidad que se vuelca en la militancia y que se transforma en pos de la lucha colectiva por otro mundo posible.  

sendaguevarista

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