María Villarreal: el miedo a la mujer sin miedo

Ana María Villarreal nació el 9 de octubre de 1935 en Salta. Sus ojos rasgados constituían una de sus características físicas distintivas. Por ellos recibió el apodo de “Sayo” -derivado de la palabra en lengua japonesa “sayonara”-.

Su madre se llamaba Eloísa Guillermina Cassasola y su padre Edmundo Diego Villarreal. Durante su juventud estudió danzas folklóricas y cursó Artes Plásticas en la Universidad Nacional de Tucumán.

Ana María comenzó su militancia en el FRIP- Frente Revolucionario Indoamericano Popular- organización que años más tarde se unificó con Palabra Obrera, conformando el PRT.

En el 5to Congreso de esta organización se creó el Ejército Revolucionario del Pueblo, al que Ana María se incorporó también en calidad de combatiente. Durante su militancia cumplió tareas de suma importancia para la construcción política del Partido y, al igual que sus compañeros/as, fue una revolucionaria dispuesta a dar la vida por la revolución y el socialismo.

Como muchas mujeres que durante los años 70 ingresaron a la militancia revolucionaria y a la lucha armada, “la Sayo” fue fuertemente estigmatizada por el enemigo a partir de la doctrina de la contrainsurgencia. Por incumplir su rol de madres y esposas, sumisas y serviciales con sus familias, las mujeres militantes fueron concebidas como “prostitutas” que “buscaban hombres”. Pero además eran sumamente peligrosas, peores que los hombres en “su” terreno, es decir, el de la violencia y el uso de las armas.

El discurso y la política contrainsurgente tenían lógicamente una gran confluencia con la concepción de la familia y de la mujer sustentada por la Iglesia católica, esa institución que tanto aportó a la cultura machista, misógina y xenófoba que hasta el día de hoy se sostiene en nuestra sociedad.

Ana María Villarreal, al igual que miles de militantes que fueron presas políticas, desaparecidas, violadas y torturadas, fue una luchadora que por su compromiso recibió una doble ofensiva por parte del enemigo. Ofensiva excepcionalmente encarnizada por el hecho de sostener hasta su muerte la firme convicción revolucionaria y por ser una mujer que entre muchas se atrevió a cuestionar su rol, tomar las armas y combatir hasta el último aliento.

Como sabemos, murió fusilada en la Masacre de Trelew el 22 de agosto de 1972. Tanto ella como todos los compañeros y compañeras asesinadas se erigen hoy en uno de los muchos ejemplos a seguir por quienes continuamos luchando por la revolución socialista.

La recordamos particularmente porque, lejos de sólo ser “la mujer de…”, forma parte de nuestra historia. Hoy como ayer, su experiencia sigue siendo fundamental en la construcción de una perspectiva revolucionaria, socialista, obrera, feminista y antipatriarcal.

sendaguevarista

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