Buenos muchachos: unificaciones, rupturas y legitimidad de la CGT

Luego de 4 años este 22 de agosto la cúpula cegetista propone un nuevo triunvirato “unificador”. Algunas reflexiones sobre la CGT de ahora ¿y siempre?  

Malena Luxemburgo

            Desde su origen, en 1930, la Confederación General del Trabajo ha pasado más tiempo rota que unida, lo que hace de los intentos de unificación y las rencillas entre los caciques sindicales algo habitual. Las divisiones al interior de la dirigencia sindical peronista ortodoxa a partir del retorno de la “democracia” tienen un vínculo estrecho con las estrategias políticas de los dirigentes y, no por casualidad, parecen acompañar los vaivenes del Partido Justicialista. Los vientos unitarios, por otro lado, aparecen en contextos adversos a los trabajadores y de presión de las bases o en tanto acuerdos para mantener los “recursos organizativos” como las grande sumas de dinero de las Obras Sociales sindicales y el conjunto de propiedades y negocios gestionados por las cúpulas sindicales. Parte de estos recursos son los 27.000 millones de pesos que un Macri recién asumido prometió para las Obras Sociales minutos antes de posar para la foto y como contracara de los casi inexistentes recursos políticos y de inclusión simbólica que el gobierno de los CEO´s puede ofrecerle a los trabajadores dentro y fuera de la CGT.

Durante los últimos 30 años la CGT se encontró dividida, fundamentalmente en dos; un sector de prácticas tradicionales que “golpea para negociar” (CGT Azopardo en 1989, Movimiento de Trabajadores Argentinos en 1994 y CGT rebelde en 2000) y un ala inclinada al diálogo y acatamiento de las medidas económicas generales de los diferentes gobiernos (CGT San Martín en 1989 y CGT Oficial desde 1994 hasta 2004). Estos últimos, durante los 90, decidieron participar activamente en los negocios que surgieron del desguace estatal, muchos aprovecharon las oportunidades comerciales de la desregulación de las obras sociales, la creación de fondos de pensión y aseguradoras de accidentes de trabajo y el proceso de tercerización convirtiendo así sus sindicatos en “empresas” que personifican al capital ya sea productivo, rentístico o financiero. Mencionar esta diferencia no impide reconocer que priorizar los recursos económicos de los sindicatos constituye aún hoy un rasgo central de todos estos grupos pero si nos obliga a diferenciar al interior de la dirigencia sindical evitando colocar, por ejemplo, a “los gordos” y al MTA en una misma gran bolsa que bajo el rótulo de “burocracia sindical” desemboca en la idea de que estos gordos de campera de cuero son los culpables de que los trabajadores no hayamos aún avanzado masivamente en las luchas por la liberación y el socialismo.

En efecto, el rol de la dirigencia sindical peronista ha sido pro-patronal, conciliatoria, entreguista, empresarial, burocrática y asesina, qué duda cabe. Sin embargo, Moyano podía ofrecer, en la post-crisis de 2001 una imagen no tan viciada como la de otros dirigentes. En última instancia había estado forcejeando en la plaza contra la policía mientras algunos de sus compañeros votaban las reformas laborales en los 90. El problema aparece cuando pensamos de qué manera estos dirigentes contribuyen a configurar los intereses de los trabajadores, cómo y porqué un trabajador mercantil “banca a su sindicato” porque la obra social “está buena”, cómo y por qué miles de obreros y obreras se quedan en sus casas cuando Caló dice que no es momento de pelear por salarios y hay que priorizar los puestos de trabajo.

Volviendo a la coyuntura, la central nuevamente se parte en 2012 delineándose hasta ahora 3 espacios; la CGT Azul y Blanca, un desprendimiento de 2008 liderado por Barrionuevo el “ultra alcahuete” de Menem, la CGT Azopardo, conducida por Moyano y la  Balcarce en donde se agruparon los gordos, los independientes y ex moyanistas. Las diferencias entre gordos, independientes y MTA (espacio originalmente ligado a Moyano), que habían configurado los grupos al interior de la CGT desde los 90, se vieron parcialmente licuadas durante el kirchnerismo. Ese gobierno no sólo les ofreció enormes recursos a algunos, (hasta convertir, por ejemplo, a camioneros en un mega-sindicato con poder estratégico) también tomó algunas banderas del 2001 y agitó aquel discurso nacional y popular tan afín al sindicalismo. Les ofreció a amplios sectores de nuestro pueblo un proyecto en el cual creer, que se ajustaba perfectamente a las necesidades de desarrollo y prometía inclusión.

El kirchnerismo propuso nuevamente un Estado regulador, con un Ministerio de Trabajo activo, con discusiones paritarias. Fue el artífice de un nuevo intento desarrollista que dinamizó el mercado interno pero no transformó la matriz productiva, demostró nuevamente los límites de la utópica burguesía nacional y fracasó, qué duda cabe, en el intento de plantear un nuevo vínculo entre Sindicatos y Estado. Vistas las cosas en perspectiva, puede decirse que el gobierno de Cristina, con su negativa a conceder después de 2010 algunos recursos económicos y lugares en las listas del PJ agudizó las diferencias y rupturas al interior de la CGT. Pero, también podría decirse que ningún gobierno pone o saca a un Secretario General de la CGT y que la ruptura de 2012 tuvo más que ver con la virulencia de Moyano contra sus anteriores aliados, sumados a un FPV que no quiere columnas vertebrales que se salgan del esquema de “unidos y organizados”. Otra forma de leer las continuidades y transformaciones de la CGT podría ser pensarla como un conjunto de relaciones históricamente definidas entre dirigentes sindicales de muy distintas procedencias y con las patronales y Estado.

La dirigencia sindical peronista ortodoxa ha constituido una pieza clave en la construcción de legitimidad en torno a la “inclusión social” que explota, precariza y fragmenta al conjunto de la clase. Desempeñó este papel no sólo truchando elecciones y votando leyes laborales anti-obreras, sino también aportando al sentido común de miles de trabajadores ideas sobre cuando era el momento de salir a luchar y cuando había que “parar la mano” y preservar los puestos de trabajo. Abonó sistemáticamente a una concepción del sindicato como proveedor de servicios a clientes y funcionó y funciona como usinas de ideas sobre la “recuperación de la dignidad” con Néstor y Cristina o a la “necesidad de un cambio” de cara al gobierno de Macri. Desde este punto de vista, la dirigencia cegetista aparece como mediadora entre Estado y Sociedad pero su origen de clase y la naturaleza misma de la institución sindical le impide desempeñarse siempre y en todos los casos como la burguesía y la lleva en varias ocasiones a levantar banderas sentidas por las trabajadoras y los trabajadores. En última instancia, están allí para lograr beneficios para las bases ¿O no?.

Hoy, con la derecha más empresarial al frente del gobierno, el triunvirato nuevo, expresa la emergente conformación del mapa sindical en las alturas, Juan Carlos Schmid, titular del Sindicato de Dragado y Balizamiento por la pata moyanista; Héctor Daer, del “gordo” gremio de Sanidad y diputado nacional del Frente Renovador, por la CGT “oficialista” de Antonio Caló; y el estacionero Carlos Acuña, propuesto por Luis Barrionuevo. Cabe señalar que un puñado de gremios de la mano de Palazzo (bancarios) y Amichetti (gráficos) se abrieron del Congreso dando un portazo. Estos gremios, no casualmente, han sido los que participaron de las concentraciones obreras para frenar los despidos desde principio de año, y aún bregan por la convocatoria a una huelga general. Lo que acontezca con este sector y su “corriente federal” puede ser parte del folclore de la siempre “unificación a medias” que estigmatiza históricamente la central, o comenzar a generar grietas, todo depende de que proyecto sindical levanten y junto a qué sectores se propongan construir.

Así las cosas, la historia del triunvirato de 2004 parece repetirse como farsa. Con un gobierno que cae cada vez más en el descrédito. El PJ, en tanto partido del orden, necesita a los muchachos unidos y la renovación viene por derecha. Criticar profundamente el concepto sobre los sindicatos y la democracia sindical, involucrar a los trabajadores en proyectos políticos para toda la sociedad, que vayan más allá del porcentaje del aumento de la paritaria, cuestionar la legitimidad de estos dirigentes partiendo de la forma en la que la construyen es un desafío para el cual provocativamente me animo a decir que no es necesario construir centrales paralelas sino luchar por nuestros derechos recordando la famosa frase del propio Perón, “Con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes”.

sendaguevarista

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